18 feb. 2015

REVELACIÓN DE SÍ MISMO

REVELACIÓN DE SÍ MISMO 

“ÉSTE ES MI NOMBRE”

Además dijo Dios a Moisés; Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Éste es mi nombre para siempre; éste es mi memorial por todos los siglos.
Éxodo 3:15



En el mundo moderno, el nombre de una persona no es más que una etiqueta para identificarlo, como un número, y se le podría cambiar sin que perdiera nada. En cambio, los nombres de la Biblia tienen por fondo cultural la extendida tradición de que los nombres personales proporcionan información, al describir de alguna forma quién es la persona. El Antiguo Testamento celebra constantemente el hecho de que Dios le ha dado a conocer su nombre a Israel, y los salmos dirigen una y otra vez su alabanza hacia el nombre de Dios (Salmos 8:1; 113:1–3; 145:1–2; 148:5, 13). Aquí, “nombre” significa Dios mismo, tal como se ha revelado por palabra y por obra. 



En el corazón mismo de esta revelación de sí mismo se halla el nombre con el que autorizó a Israel a invocarlo:  Yahwé , como lo escriben los eruditos modernos,  Jehová , como se solía escribir, o  el Señor , como aparece en numerosas versiones del Antiguo Testamento. Dios le declaró su nombre a Moisés cuando le habló desde la zarza que ardía continuamente sin consumirse. 

Comenzó por identificarse como el Dios que se había comprometido por medio de un pacto con los patriarcas (cf. Génesis 17:1–14); después, cuando Moisés le preguntó cuál le podría decir al pueblo que era su nombre (porque los antiguos daban por supuesto que las oraciones sólo eran oídas si se decía de manera correcta el nombre de aquél a quien iban dirigidas), Dios le dijo primero: “Yo soy el que soy”; después lo acortó para decir “Yo soy”, y terminó llamándose “ YHWH (nombre que suena como “yo soy” en hebreo, y que algunas versiones sustituyen por la expresión “El Señor”), el Dios de vuestros padres” (Éxodo 3:6, 13–16). El nombre, en todas sus formas, proclama su realidad soberana, eterna, que se sostiene en sí misma y toma decisiones por sí misma; ese modo sobrenatural de existir del que era señal la zarza ardiente. Podríamos decir que la zarza era la ilustración tridimensional con la que Dios estaba presentando su propia vida inagotable. 



“Éste es mi nombre para siempre”, dijo; esto es, su pueblo debía pensar siempre en Él como el rey viviente, dominante, potente, que nada ni nadie puede atar o disminuir, tal como la zarza ardiente manifestaba que era (Éxodo
3:15). Más tarde (Éxodo 33:18–34:7), Moisés pide ver la “gloria” de Dios (su manifestación de sí digna de adoración), y en respuesta, Dios “proclamó el nombre de Jehová” de esta forma: “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado…”

En la zarza ardiente, Dios había respondido a esta pregunta: ¿Cómo existe Dios? Aquí, responde a esta otra: ¿Cómo se comporta Dios? Este anuncio fundamental de su personalidad moral tiene frecuente eco en textos posteriores de las Escrituras (Nehemías 9:17; Salmo 86:15; Joel 2:13; Juan 4:2). Todo esto forma parte de su “nombre”, es decir, de la revelación que Él hace de su naturaleza, por la cual ha de ser adorado para siempre. Dios completa esta revelación sobre la gloria de su personalidad moral, al llamarse a sí mismo “Jehová, cuyo nombre es Celoso” (Éxodo 34:14). Esto hace eco de lo que dijo sobre sí en la ratificación del segundo mandamiento, al mismo tiempo que lo hace resaltar (Éxodo 20:5). El celo que afirma tener, se relaciona con el pacto: es la virtud del amante entregado, que quiere la lealtad total de aquélla a quien se ha comprometido a honrar y servir.

En el Nuevo Testamento, las palabras y los hechos de Jesús, el Hijo encarnado, constituyen una revelación plena del pensamiento, las actitudes, los caminos, planesy propósitos de Dios Padre (Juan 14:9–11; cf. 1:18). En el Padre nuestro, las palabras “santificado sea tu nombre” (Mateo 6:9) expresan el anhelo de que la primera persona de la Divinidad sea reverenciada y alabada como lo merece el esplendor de la revelación de sí que Él ha hecho. Dios es digno de recibir gloria por todas las glorias de su nombre; esto es, su gloriosa revelación de sí en la creación, la providencia y la gracia.

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