14 sep. 2015

LA PERSECUCIÓN DE DIOCLECIANO

El emperador romano desató edictos persecutorios, una de las órdenes fue la destrucción de los manuscritos de las Sagradas Escrituras, bajo pena de muerte para quienes se resistieran a entregarlos. Una etapa sangrienta al interior de la Iglesia.

Campaña de destrucción de las Sagradas Escrituras. Habían pasado más de 200 años desde los días de los apóstoles y de sus escritos se habían podido hacer ya muchas copias a mano, las cuales eran guardadas en los pocos lugares de culto que habían podido ser edificados en los días de tolerancia, o bien en hogares particulares. Solamente cristianos de alta posición económica podían darse la satisfacción de poseer un ejemplar de los Evangelios o de las cartas apostólicas para su uso particular, y por lo general, los que gozaban de tal privilegio los guardaban con extremado celo.

Cuando Diocleciano desató sus edictos persecutorios, dándose cuenta de la ineficacia de las persecuciones anteriores contra las personas físicas de los cristianos ya que como escribió Tertuliano: “La sangre de los mártires es semilla para las iglesias”.

Pensó que la destrucción de los escritos sagrados podía ser tanto o más eficaz, y una de las órdenes básicas de sus edictos fue la destrucción de los manuscritos de las Sagradas Escrituras, bajo pena de muerte para quienes sospechosos de poseerlos, no los entregaran para ser destruidos.

Así en el Acta del martirio de Félix, obispo de Tilbiuca, leemos que el administrador Magniliano le dijo:

-¿Eres tú el obispo Félix?

-Yo soy -respondió Félix.

-¿Tienes ejemplares de los libros cristianos? Entrégalos a fin de que puedan ser echados al fuego.

Félix respondió:

- Antes preferiría que me quemaran a mí vivo, que no a las Escrituras Divinas, pues vale más obedecer a Dios que a los hombres.

El administrador dijo:

-Te doy tres días para que te lo pienses, pues si te negares a cumplir lo que te he mandado irás al procónsul y ante su tribunal tendrás que responder de lo que aquí hablas.

Entonces marchó Félix de Tibiuca a Cartago el día 18 de las Calendas de julio. El legado del procónsul le metió en los calabozos más profundos hasta la llegada del procónsul quien le preguntó:

-¿Por qué no entregas las Escrituras?

El obispo Félix respondió:

-No tengo intención de entregarlas.

Entonces el procónsul Anulino sentenció que fuera pasado a espada. El obispo Félix levantando los ojos al cielo con clara voz dijo:

-¡Dios mío, a Ti sean dadas gracias! 56 años he vivido en este mundo, he observado el Evangelio, he predicado la fe y la verdad, Señor del Cielo y tierra Jesucristo, por tu amor doblo mi cuello al verdugo, Tú que permaneces para siempre.

Terminada esta oración fue conducido por los soldados al lugar del suplicio, donde fue degollado y se le enterró en el camino llamado de los scilitanos en el cementerio de Fausto.

Necesitaríamos un volumen de muchos centenares de páginas para referir todos los casos de persecución cuyas actas han llegado hasta nosotros, por lo cual nos hemos limitado a referir unos pocos más característicos de la persecución de Diocleciano contra los cristianos, con especial referencia a la destrucción de códices de las Sagradas Escrituras.

MARTIRIO DE IRENE

Las actas de los mártires nos conservan el relato de las doncellas, Agape, Quionia, Irene y otras compañeras, oriundas de Tesalónica, las cuales escondieron los preciosos manuscritos y temerosas de que fueran prendidas, y por medio de tormentos se les obligase a entregar tales tesoros espirituales, huyeron a los montes, y allí se entregaban a las divinas oraciones. Pero como fueran perseguidas y al fin descubiertas, fueron conducidas al magistrado, quien después de interrogarlas dictó la sentencia siguiente:

-Agape y Quionia, puesto que hinchadas de inicuas ideas han obrado contra el divino edicto de nuestros señores los augustos césares, y hasta el presente practican la temeraria y vana, y para todo hombre piadoso execrable religión de los cristianos, mandó que sean quemadas vivas.

Dicho esto añadió: En cuanto a Agatón, Casia, Felipe e Irene, deben ser guardadas en la cárcel hasta que a mí me parezca.

Una vez que aquellas santas mujeres fueron consumidas por el fuego, mandó el presidente traer ante sí a Irene y le habló de esta manera:

-Presidente: Tu intento loco manifiestamente se ve por lo que haces, pues has querido conservar hasta hoy tantos pergaminos, libros, tablillas que pertenecieron a estos impíos cristianos, que al serte presentados algunos los reconociste… ¿Quién te mandó que guardaras hasta hoy estos escritos?

-Irene: Aquel Dios omnipotente que nos mandó amarle hasta la muerte, por lo cual no hemos tenido atrevimiento para traicionarle, sino que hemos preferido morir en una hoguera o sufrir cualquier otra calamidad que pudiera sobrevenirnos antes de entregar tales escritos.

-Presidente: ¿Quién sabía que se guardaban en la casa que habitábais?

-Irene: Lo sabía el Dios omnipotente que todo lo hizo. De los hombres no podíamos fiarnos de miedo que nos delataran. Así, pues, a nadie se los mostramos.

-Presidente: ¿Dónde os escondisteis el año pasado cuando se promulgó por vez primera aquel edicto de los señores emperadores?

-Irene: Donde Dios quiso, en los montes. Vivíamos al cielo raso.

-Presidente: ¿Quién os suministraba el pan?

-Irene: Dios que es quien suministra a todos el alimento.

-Presidente: ¿Era vuestro padre cómplice de todo esto?

cómplice ya que él ignoraba todo esto en absoluto.

-Presidente: Tus hermanas han sufrido ya el castigo que yo decreté. Tú por ocultar estos pergaminos y escritos mereciste la pena de muerte, sin embargo, no quiero que salgas de repente de la vida del mismo modo que ellas, sino que mando seas conducida desnuda al prostíbulo por mis soldados y por el verdugo público Sozimo. Cada día se te servirá un pan de palacio sin que mis esbirros te consientan salir de allí.

“Cumplióse la orden del presidente y fue llevada Irene a la pública mancebía; mas la gracia del Espíritu Santo que la protegía, la guardó pura y sin tacha, sin que nadie se atreviera a acercarse a ella o cometer acción torpe contra ella”. (Parece que los clientes del prostíbulo sentían lástima de ella, o temor al Dios de los cristianos).

Por fin el presidente Dulcecio volvió a llamarla ante su tribunal y le dijo:

-Presidente: ¿Es que persistes todavía en tu misma temeridad?

-Irene: En manera alguna es temeridad, sino piedad de Dios, aquello en que yo persisto.

Dulcecio decretó: “Irene, que se ha negado a obedecer al edicto de los emperadores y sacrificar a los dioses, y aún ahora persevera en la disciplina y devoción de los cristianos, mandó que al igual que sus dos hermanas sea también quemada viva”.

Dada por el presidente esta sentencia, los soldados condujeron a Irene a un lugar elevado donde antes habían sufrido el martirio sus hermanas. Encendida una grande hoguera mandaron a que subiera por sí misma a ella. Así, pues, Irene, entonando himnos y celebrando la gloria de Dios, se arrojó sobre la hoguera en el año nono del consulado de Diocleciano Augusto, y octavo de Maximiliano Augusto; día de las calendas de abril; reinando por los siglos Cristo Jesús, Señor Nuestro, por quien es la gloria del Padre por los siglos de los siglos. Amén.

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