21 feb. 2017

ENDURECIMIENTO DE FARAÓN





ENDURECIMIENTO DE FARAÓN
Por: Samuel Vila

«Empero endureceré su corazón» (Éxodo 4:21).



Dicen los enemigos, que si Dios endureció el corazón de Faraón de suerte que se rebelara contra El en consecuencia de tal endurecimiento, Dios mismo era responsable del pecado de Faraón, y, por consiguiente, Dios obraba injustamente tratándole como responsable y castigándole por sus culpas. Ahora bien, si Dios realmente obró así, como pretende el enemigo, la razón queda de su parte. En otras palabras, si Dios realmente se apodera de una persona que desea conocerle y hacer su voluntad y endurece su corazón inclinándole a un obrar contrario a la divina voluntad, entonces, decimos con toda reverencia, que tal hecho de parte de Dios no se puede justificar.

Pero, ¿acaso es esto lo que Dios hizo con Faraón? No, por cierto. Estudíese toda la narración y se verá la verdad del caso. Se verá que esta narración no principia diciendo que Dios endureció el corazón de Faraón, sino que Faraón mismo endureció su propio corazón. Veamos primero que Éxodo 4:21 no es texto histórico, sino profético, respecto al caso, y que la historia principia en el capítulo 5; al entrar Moisés y Aarón al rey explicando su comisión de parte de Jehová, Faraón contesta altanero, provocando a Jehová: «¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel.» Esto aconteció antes de haber Jehová endurecido su corazón. Y para hacer alarde de su desprecio hacia Jehová, se dedicó a martirizar más cruelmente que antes a los israelitas. Después, manifiesta Dios su potencia, mediante Moisés y Aarón a la vista de Faraón, y leemos: Y el corazón de Faraón se endureció (no que Jehová lo endureció), cap. 7:13. Luego siguen las plagas, y al cabo de la primera, leemos: «Y el corazón de Faraón se endureció.» 



Al cabo de la segunda: «Faraón agravó su corazón.» Al cabo de la tercera: «El corazón de Faraón se endureció.» Al cabo de la cuarta: «Faraón agravó aún esta vez su corazón.» Al cabo de la quinta: «El corazón de Faraón se agravó.» Hasta aquí Jehová no había endurecido su corazón. Evidentemente ese rey era un tirano activo, tenaz y bestial, que se había propuesto reventar, como vulgarmente se dice, antes de ceder a nadie, sea al Dios del cielo u hombre suplicante de la tierra. Humanamente hablando, ya se había agotado la paciencia de la justicia divina, y hubo de recoger el fruto de su labor.



Pues acabada la sexta plaga, leemos: «Y Jehová endureció el corazón de Faraón, y no los oyó, como Jehová había dicho (pronosticado) a Moisés. De modo que ¿Dios endureció realmente el corazón de Faraón? Cierto, y esto conforme a su «método universal» de tratar a los hombres rebeldes e impenitentes. Respecto a lo cual la Escritura nos revela que a los que prefieren el error a la verdad, «les envía Dios operación de error para que crean a la mentira»; a los que a pesar de advertencias y amonestaciones persisten en el pecado, Dios al fin «les entrega a la inmundicia, a una mente depravada, para hacer lo que no conviene». Esto parecerá duro, pero es absolutamente justo. 2 Tes. 2:9-12. Rom. 1:24-26, 28. Pero aún nos queda una pregunta: ¿Cómo endureció Dios el corazón de Faraón? No tratándose aquí del corazón físico, sino del asiento de las afecciones, sentimientos y voluntad, podemos comprender que su endurecimiento no fue un acto físico ni un acto de violencia sobre la voluntad. Tan difícilmente se mueve la voluntad por una fuerza física, como un tren de carga por un argumento de lógica. Así es que Dios endureció el corazón de Faraón enviándole una serie de demostraciones palpables de su existencia y de su poder, juntamente con una serie de juicios sobre su persona y su reino. Si Faraón hubiese recibido estas manifestaciones humildes y dócilmente, habrían producido su arrepentimiento y salvación, pero arrostrándolo todo y oponiéndose a Dios voluntaria y orgullosamente, quedó endurecido por lo que podía servirle de eterna salud.


No hay cosa más misericordiosa que Dios nos envíe los juicios sobre nuestros pecados. Si los aceptamos de un modo debido, ablandarán nuestros corazones, nos conducirán al arrepentimiento, a la entrega de nuestro ser al Señor, a la santificación. Pero, por otra parte, si nos rebelamos como Faraón, lo que el Dios de amor intentó para nuestra mayor bendición, resultará en nuestra condenación. Y por supuesto, la culpa no la tiene Dios, ni la tienen sus juicios, sino nosotros mismos. Nos consta en el Nuevo Testamento que el mismo Evangelio resulta a unos «olor de muerte para muerte, y a otros olor de vida para vida» (2.a Cor. 2:15-16). Y la culpa no la tiene el Evangelio, sino los que lo rechazan. «Esta es la condenación, porque la Luz vino al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.» 2 Cor. 2:15, 16; Juan 3:18, 19. 

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