1 jun. 2014

El Hombre de Dios… Sus deberes y responsabilidades

El Hombre de Dios… Sus deberes y responsabilidades


“Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos. Te mando delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato, que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo – 1 Tim 6:11-14 (RV60).”

En la escritura, los voceros de Dios frecuentemente son llamados mediante diversos títulos tales como, profeta, anciano, evangelista, pastor, Maestro Etc!. Tales títulos se refieren, por lo general, a la tarea que ejecuta el hombre. Sin embargo, uno de ellos hace referencia al carácter del hombre que sostiene un oficio. Tal título es «hombre de Dios». El mismo es usado frecuentemente en el A.T (Deut 33:1, 1 Cro 23:14, Esd 3:2, 1 Sm 2:27, 1 Sm 9:6, Neh 12:24-36, 1 Ry 17:18, 2 Ry 4:8-9). En cada caso, el término «hombre de Dios» se refiere a alguien que represento a Dios al hablar Su Palabra. Aunque el título es bastante común en el A.T, en donde aparece unas setenta veces, solo se usa tres veces en el N.T (2 Pd 1:21), la forma plural se refiere a los profetas del A.T. En (2 Tm 3:16-17) se usa para referirse a los que predican la Palabra, aunque el principio del poder perfeccionador de la Escritura en ese texto extiende su sentido de referencia a todos los creyentes (Sal 19:7-9). La tercera mención esta en (1 Tm 6:11), donde se dirige la carta al receptor de la misma como «hombre de Dios». Al llamarlos así, los identifica con una extensa línea de voceros de Dios que se extienden hasta el A.T. Indudablemente se procura que el recordatorio de este noble linaje fortaleciera la determinación de permanecer firme frente a las presiones del ministerio. Al ministerio de Timoteo en Éfeso ciertamente no le faltaron presiones, ejemplo de ello: falas doctrinas, líderes pecaminosos y descalificados, impiedad y tolerancia al pecado, y esto solo con algunas de muchas cosas con las cuales Timoteo tuvo que lidiar. Pablo le recuerda a Timoteo que es un «hombre de Dios» añadiendo así un tremendo peso de responsabilidad a su llamado ministerial. El representa a Dios.

En 1 Timoteo 6:11-14, se presentan cuatro señales de un «hombre de Dios» las cuales son: se identifica por aquello a lo cual huye, por lo que sigue, por lo que lucha y a lo que le es fiel.

I.                   El hombre de Dios es uno marcado por aquello a lo cual huye 
En el verso 11, Pablo manda a Timoteo que «huya de estas cosas». «Huir» viene del griego «pheugo» lo cual significa «fugitivo». Es utilizada para hablar de huir de un animal salvaje, una serpiente venenosa, una plaga mortal, o un enemigo que ataca. Es un imperativo en el sentido presente y puede traducirse como «continuar huyendo». Un hombre de Dios es un fugitivo de por vida, uno que huye de aquellas cosas que podrían destruirlo a él y a su ministerio. La biblia presenta las amenazas de las cuales se debe huir (1 Cor 6:18, 10:14, 1 Tm 6:20, 2 Tm 2:16, 3:5, 2:22).  El contexto inmediato de 1 Tm 6 indica que es el amor al dinero del cual se debe huir. En los versos 9-10 se hacen unas advertencias (1 Tm 6:9-10). El hombre de Dios debe huir, de los males asociados con el amor al dinero: “varias tentaciones, trampas, deseos dañinos que llevan a la destrucción, la apostasía y la pena.” La codicia es el enemigo. Destruirá al hombre de Dios, así que debe huir de él.

El amor al dinero y las posesiones materiales es un pecado característico de los falsos maestros. Desde Balaam, el codicioso profeta que servía a precio (Deut 23:4, 2 Pd 2:15), hasta Judas, que traiciono al Señor por treinta monedas de plata (Mt 27:3);  a los falsos profetas que Isaías llamo perros codiciosos (Is 56:11) a los codiciosos profetas de los días de Jeremías (Jer 6:13, 8:10) y los que profetizaron por dinero, de los cuales habla Miqueas (Miq 3:11); a aquellos esclavos de sus apetitos que engañaron a los romanos (Rom 16:18)y a los parlantes vacíos  engañadores de Creta, que molestaron a familias completas por ganancias depravadas (Tit 1:11), hasta los tele evangelistas hambrientos de dinero y predicadores del evangelio de la prosperidad del tiempo presente, falsos maestros que se han caracterizado por la codicia.

Es un contraste notable con el «hombre de Dios». Un hombre de Dios no es como los tales, que en las palabras de Pablo, están «falsificando la Palabra de Dios – 2 Cor 2:17». El hombre de Dios no es un farsante espiritual, es uno que proclama el mensaje de Dios y no lo crea vendible. Él está en el negocio de penetrar a los corazones de los hombres con la verdad de Dios, no en el de hacerles cosquillas a sus oídos, no hace nada por ganancia personal. Por ello es precisamente que un pastor, administrador o anciano debe estar libre del amor al dinero (1 Tm 3:3). Esta virtud resguarda contra dos verdadero peligros: primero, “la tentación de pervertir el ministerio mediante el uso de la Palabra de Dios para enriquecerse.” Y segundo: “el peligro de ignorar el ministerio para enriquecerse mediante negocios ajenos.” Por ello Pablo se esforzó por evitar que se le acusara de codicia en su ministerio (Hch 20:33-35).

      Pablo era tan sensible a que se le acusara de predicar por ganancia que, a pesar de que tenía el derecho de ser apoyado financieramente en su ministerio (1 Cor 9:3-5), cedió ese derecho para que no se obstaculizara el evangelio (1 Ts 2:9). Pablo defendió el derecho de cada predicador a que fuera pagado por aquellos que recibían su ministerio (Gal 6:6), pero prohibió el pecado de la codicia y el descontento (1 Tm 6:6-8). Un hombre podría denominarse como predicador, pero si está en el ministerio por dinero, no es un hombre de Dios. Ha prostituido el llamado de Dios por la ganancia personal. Cristo mismo advirtió que no se puede servir a dos señores (Mt 6:24). El hombre de Dios jamás debe poner precio a su ministerio, jamás debe pedir dinero por proclamar la Palabra de Dios. Debe contentarse con el apoyo que provea el señor mediante las ofrendas de su pueblo. Cualquier que ponga precio a su ministerio lo devalúa.

II. Un hombre de Dios está marcado por aquello que sigue

El hombre de Dios no solo se conoce por aquello a lo cual huye, sino también por aquello que sigue: “Atrás están los pecados que podrían destruirle; adelante yacen las virtudes que hacen poderoso su ministerio.” Siempre y cuando viva en esta tierra, el hombre de Dios jamás dejara de correr. Si deja de huir del mal, este le alcanzara; y si deja de seguir la justicia esta le eludirá. Toda su vida y ministerio es una huida de lo que está mal y la búsqueda de lo correcto. El verbo griego traducido para «buscar» es «dioko» y es un presente imperativo que indica la naturaleza continua de tal búsqueda.

En la segunda parte de 1 Timoteo 6:11, se presentan seis virtudes que todo hombre de Dios debe buscar: “Justicia, piedad, fe, amor, paciencia, mansedumbre.” Las primeras dos son principios generales, mientras que las últimas son más específicas.

1-      Justicia: El primero de los principios, «justicia» del griego «dikaiosun» se refiere al comportamiento correcto hacia Dios y el hombre. Aquí la referencia no es la justicia imputada recibida en la salvación, sino a la justicia practica que el creyente debe exhibir en su vida, la práctica de la justicia de Dios debe ser una marca en los Suyos, en el (Sal 15:1) se hace una pregunta, en el (Sal 15:2) da la respuesta a la pregunta antes formulada. Aquellos que el Señor ama son los que buscan la justicia (Prv 11:9-10, 12:25, 15:9, 18:10, 21:18, Is 51:1). La justicia es la señal del verdadero creyente (Mt 5:6, 5:20, 1 Jn 3:10). Si la justicia es la señal de un verdadero creyente, cuanto más debe ser la característica de un «hombre de Dios» el hombre de Dios debe ser uno de ejemplo a seguir (1 Tm 4:12, Sal 101:6). Es un asunto trágico cuando un creyente el cual ministra la Palabra de Dios no respalda su mensaje con su vida, los mejores mensajes del mismo no tendrán efecto alguno si le falta la justicia en su vida. El «hombre de Dios» debe vivir una vida en obediencia a la Palabra de Dios. El, de entre todas las personas, debe practicar lo que predica, o nade más lo hará. El Señor solo le permite a un hombre justo de Dios que predique de forma legítima el mensaje de la justicia divina en Cristo (1 Cor 9:27). El hombre de Dios debe ser moralmente irreprensible (1 Tm 3:2, Tit 1:6). 

2-      Piedad: Tal palabra viene del griego «eusebia» y esta íntimamente relacionada con la justicia. La justicia habla de la conducta externa, la piedad habla de la actitud interna. La piedad es la esencia de la santidad, la reverencia y devoción que dirige el comportamiento justo.  Este fluye de una actitud correcta; la que a su vez fluye un motivo apropiado. El significado básico de «eusebia» es en sí reverencia a Dios. El hombre caracterizado por «eusebia» tiene un corazón adorador. Sabe lo que significa perseverar en el temor de Dios (Prv 23:17). No solo hace lo correcto, sino que también piensa de forma correcta; no solo se comporta adecuadamente, sino que también está correctamente motivado. Es un hombre que sirve a Dios con reverencia y admiración (Heb 12:28). Aunque vive en la presencia consciente de la santidad de Dios, paradójicamente podría sentirse muy impío (Is Cap. 6). La justicia y la piedad son dos cualidades indispensables de un hombre de Dios, sin embargo, su búsqueda es para toda la vida. También son centrales para su utilidad; están en la medula de su poder. El las posee, no obstante las busca (Fil 3:7-16). Un creyente no santificado es inútil para Dios, y un peligro para sí mismo y para el pueblo. Dios tiene una pobre opinión de los tales (Sal 50:16-17, Jer 23:1-2, v.11). El hombre de Dios debe resguardar constantemente su corazón, sus motivaciones, sus deseos y su conducta, conociendo que en la carne no mora nada bueno (Rom 7:18). Se mantiene limpio de toda contaminación (2 Cor 7:1). El hombre de Dios debe esforzarse por eliminar de si la dicotomía entre lo que parece ser en el pulpito y lo que es fuera de él. Charles H. Spurgeon una vez dijo: “Que el ministro se ocupe de que su carácter personal concuerde en todo con su ministerio. Todos hemos escuchado la historia de un hombre que predicaba bien y vivía tan mal, que cuando estaba en el pulpito todos decían que no debía salirse de allí, y cuando estaba fuera del mismo todos declaraban que jamás debía entrar en él.” Solo los que practican la justicia y la piedad están preparados para el servicio del Maestro “Cristo” (2 Tim 2:21). La búsqueda de la justicia y la piedad requieren auto negación y autodisciplina (1 Cor 9:27). El hombre de Dios obviamente debe descansar en Dios para su fortaleza y, al hacerlo, llega a ser uno de oración. John Owen dijo: “Un ministro puede llenar los banquillos, su lista de comunión, las bocas del público, pero lo que ese ministro es sobre sus rodillas en secreto ante Dios Todopoderoso, es lo que es y nada más” (Hch 6:4). El hombre de Dios debe evitar el peligro del ministerialismo, la tendencia a leer la biblia como ministro, orar como ministro, practicar su religión no como Dios demanda, solo preocupado por ella de forma relativa. Charles Bridges dice: “Porque si hemos de estudiar la biblia más como ministros que como cristianos, más para encontrar materia para la instrucción de nuestro pueblo, que alimento para la nutrición de nuestras almas, entonces no nos colocamos a los pies de nuestro Divino Maestro, nuestra comunión con Él es cortada, y llegamos a ser menos formalistas es nuestra profesión sagrada.”  Con esto lo que se quiere decir es que jamás debemos estudiar la biblia para hallar un sermón. Debemos estudiar un pasaje para ver completamente la verdad que ensena el Señor en el, y preparar el señor del contenido de ese extenso entendimiento y la aplicación personal del pasaje que Dios habla. La función de la Biblia es clara, redargüir, corregir, y preparar al hombre de Dios en justicia equipándolo para toda buena obra (2 Tim 3:16-17). Luego a través de el hace lo mismo para las personas que lo oyen.  

Dos virtudes internas
Las virtudes específicas que se mencionan en 1 Timoteo 6:11 corresponden a las dos virtudes generales de justicia y piedad, dos son internas y dos externas.

1-      Fe: Del griego «pistis» significa confianza plena en Dios para todo, una lealtad absoluta al Señor. Es una confianza firme en el poder, el plan, la provisión y la promesa de Dios. El hombre de Dios vive por fe. Confía en el Dios soberano para que cumpla Su Palabra, para satisfacer todas las necesidades, y proveer los recursos que necesita para proseguir su ministerio (Fil 4:11-13, v.19). Vivir una vida de fe es vivir libre de frustración, libre de la obligación de forzar las cosas para que sucedan o manipular  a las personas. Es vivir en un estado relajado. El hombre de Dios está consciente del tremendo peso de responsabilidad que tiene su ministerio, pero esta relajado debido a su confianza en la soberanía de Dios. Las frenéticas actividades, programas, planes y trucos en los cuales muchos se involucran son evidencias de su falta de fe en la soberanía de Dios. Al tratar de edificar sus iglesias solos, se encuentran en competencia con el Único que puede edificar su iglesia (Mt 16:18). El hombre de Dios debe demostrar fe en Dios para su santificación personal y su ministerio, confiando de que si sigue el patrón prescrito por la Biblia de oración y ministración de la Palabra su ministerio glorificara a Dios y será fructífero (Hch 6:4).

2-      Amor: Del griego «agape» se refiere a un amor determinado, no a un sentimiento emocional. Es un amor que no tiene restricción, condición o límite alguno. Debe interpretarse en este pasaje en su sentido más amplio. Significa amor para todos: amor a Dios, al hombre, a los creyentes y a los incrédulos (Mt 22:37-39). El hombre de Dios es especialmente un amante de Dios. Anhela a Dios (Sal 42:1-2, Fil 3:10, 1 Jn 2:13). Del Espíritu Santo es que proviene ese amor que lo hace fluir en la vida del creyente (Rom 5:5, Gal 5:22-23, 1 Jn 5:1-2). A medida que ama a dios lo suficiente como para apartarse del pecado, también ama a otros lo suficiente como para confrontar su pecado (1 Cor 13:6). Entiende claramente el principio bíblico (Prv 27:5-6). Ama al mundo de aquellos que no redimidos como para sentir la obligación de predicar la verdad (2 Cor 5:11-14, v.20).

Dos virtudes externas
1-      Perseverancia: Del griego «hupomone» traduce la palabra que significa literalmente «permanecer debajo». No es una resignación pasiva, sino victoriosa, una resistencia triunfante, una lealtad inquebrantable para con el Señor en medio de las pruebas (Hch 20:22-24). Aunque el hombre de Dios pueda sobrepasar pruebas severas, una angustia severa, y dificultades severas, no fluctua ni se compromete. Continuamente confía en Dios, no importa cuaes sean las circunstancias (1 Pd 4:19). Esta es la resistencia del mártir dispuesto a morir antes de traicionar a su Senor. Esto caracteriza a la persona que, bajo las peores circunstancias, rehusa magnificar sus derechos y las necesidades propias. La perseverancia es una cualidad esencial del hombre de Dios porque puede esperar mas pruebas que el cristiano promedio (2 Cor 11:23-28).    

2-      Mansedumbre: Del griego «praupathia» es la segunda virtud externa. También podría traducirse como «tolerancia» o «humildad». El hombre de Dios no tiene razón alguna para alardear (Col 1:29). Recuerda las palabras del Señor (Lc 17:10). No existe lugar alguno para el horrendo orgullo en el ministerio cristiano. El hombre de Dios tiene la mente de Cristo: la mente de la humildad (Fil 2:18). Un verdadero hombre de Dios procura exaltar a su Maestro, no a si mismo. La justicia, la piedad, la fe, el amor, la perseverancia y la mansedumbre son la meta de un hombre de Dios. Son sus objetivos para toda la vida. Si esas virtudes no son el fin constante del creyente, él no es un hombre de Dios, sino uno que se comisiono a sí mismo.  

 III.             El hombre de Dios se conoce por lo que lucha

En 1 Timoteo 6:12 hay una instrucción muy detallada «pelea la buena batalla de la fe, echando mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos». El hombre de Dios es un luchador. Es polémico, peleador, guerrero, es un soldado. Debe entender que el ministerio es guerra y que está luchando del lado de la verdad contra el error. Percibir el ministerio como algo menor es perder. Batalla contra el mundo, contra la carne, y contra el diablo y su reino de tinieblas. Batalla en contra del pecado, la herejía, la apatía y el letargo en la iglesia. Pablo percibió que el ministerio claramente es una batalla (2 Tim 2:3-4). Eligio servir a pesar de los adversarios que encontró (1 Cor 16:8-9), y al final de su vida pudo exclamar de forma triunfante que pudo pelear la batalla (2 Tim 4:7). Es triste que muchos ministros estén tan involucrados en los asuntos de la vida diaria que no se percatan completamente de la intensidad de la batalla. Otros están luchando la batalla equivocada. Otros se marchan de la batalla, huyendo a otro lugar a la primera señal de problema. El creyente debe aceptar el hecho de que esta en una batalla (2 Tim 3:12) y el ministro es blanco especial del enemigo. El hombre de Dios debe estar dispuesto a seguir su Maestro hasta la muerte (Lc 9:23-24).

            Según el texto de (1 Tim 6:12), la palabra «pelea» se deriva del termino griego «agn» de donde se deriva el vocablo «agonia». Se usa en contextos militares y en referencia a acontecimientos atléticos incluyendo la lucha libre y el boxeo. Habla de concentración, esfuerzo, y la disciplina requerida para ganar una competencia. En los días de Pablo, el boxeo era un asunto mucho más serio de lo que es hoy en día. En contraste con los guantes llenos de algodón en el boxeo moderno, los de los juegos griegos y romanos eran rellenos con plomo y hierro. Y al perdedor de la pelea se le sacaban los ojos. Por lo tanto, las imágenes que usa Pablo para el ministerio como una pelea tenía un sentido muy serio. Al igual que los verbos en 1 Timoteo 6:11, «agonizomai» es un presente imperativo, indicando la naturaleza continua de una lucha. También podemos ver según el contexto de 1 Timoteo 6:12 la palabra «buena» del griego «kalos» se traduce como «excelente o noble»». El mensaje es que se debe experimentar la función de hombre de Dios con un noble compromiso para con la competencia por la verdad.

El  hombre de Dios motivado por ser un soldado. No es que se esfuerza por molestar a las personas y hacer enemigos, pero está dispuesto a pelear la batalla por la verdad. Es algo muy triste ver como hoy en día se pelea por la verdad en falta de amor, división e inclinación al odio. Demasiadas personas en la iglesia de hoy están dispuestas a comprometerse teológicamente para evitar conflicto, olvidando la exhortación de Judas (Jud 3). El contenido de la Palabra de Dios, la suma total de la doctrina cristiana es en si la pelea por la fe. Esa es la mayor causa del mundo y el creyente debe luchar por ella sin compromiso alguno con otras cosas. En el texto se puede ver una declaración por la cual muchos dudan de su salvación y hasta tachan la perdición del creyente por no pasar tiempo haciendo un buen análisis léxico-sintáctico de la idea transmitida, y la palabra es «echa mano de la vida eterna» lo que quiere decir Pablo con esto es: agarra, la vida eterna. Traduciéndolo en su idea del griego como: “vive a la luz de la eternidad” la misma idea de (Col 3:2, Fil 3:20) lo cual comunica que el hombre debe vivir con los valores eternos en mente. Al hacer eso, no le importara realizar los sacrificios necesarios en su vida. El hombre de Dios tiene una perspectiva eterna; no esta en el ministerio meramente por lo que pueda ganar en esta vida. Vivir y servir a la luz de la eternidad mantiene el enfoque del hombre de Dios en la importancia de la batalla. También se puede ver la palabra «llamado», una referencia al llamado efectivo de Dios a la salvación. En respuesta a ese llamado, Timoteo había confesado públicamente a Jesús como Señor. Pablo podría referirse a la ocasión del bautismo o la ordenación de Timoteo, pero más seguramente a toda confesión que Timoteo haba hecho, comenzando con su conversión. El hombre de Dios se eleva sobre las luchas por las cosas perecederas e inútiles. Lucha por lo que es eterno: “la verdad de Dios.” Es solo cuando se divorcia de las cosas de este mundo y vive a la luz de la eternidad que puede tener éxito.

IV.             El hombre de Dios se conoce por aquello a lo cual le es fiel
En 1 Timoteo 6:13-14, Pablo enfatiza la importancia de ser fiel, el énfasis principal de la exhortación es sobre la frase «el mandamiento» en el verso 14. Algunos dicen que es el evangelio, otros el contenido de la epístola, y aun otros dicen que todo el nuevo pacto. Pero la mejor interpretación seria tola la Palabra de Dios. Al ser nutrido por la Palabra, preservándola pura, el hombre de Dios es primera y primordialmente un guardia del tesoro de la verdad que ha de proclamar. De guardarla de todo error o confusión. Pablo le advirtió a Timoteo que la preservara y la tratara de forma precisa (1 Tim 4:6-7, 6:2-4, 6:20, 2 Tim 1:13, 2:15) así como que trabajara fuerte al predicarla y ensenarla (1 Tim 5:17, 2 Tim 4:2). Se manda en el texto a mandar y vigilar la Palabra. Eso se hace no solo predicándola sino viviéndola. Nada es más trágico que un mensajero que menosprecia su mensaje con una conducta pobre. Pablo para motivar a Timoteo a ser fiel le recuerda que el en su servicio lo hace a la vista de Dios Padre y Jesucristo (v.13). Se enfoca en presentarle al Dios que levanta a los muertos, es una motivación poderosa para un hombre de Dios oír tales palabras porque lleva a reposar en Su poder divino. Ya que aun si la lealtad le cuesta la vida, el Dios que levanta los muertos está velando por él.

            No solo el Padre vela sobre sus hombres, sino que también ellos tienen el ejemplo del Señor Jesús el cual dio testimonio de la buena profesión delate de Pilato. Cristo sostuvo su confesión, aun al enfrentar la muerte. Él es la ilustración perfecta de uno que permaneció valerosamente fiel a la Palabra, sin importarle cual fuera el costo. Jesús le dijo la verdad a Pilato de quien es El a pesar de que le costó la vida. El hombre de Dios no puede hace menos.

La responsabilidad sobria
No hay mayor privilegio que ser un hombre de Dios y predicar Su Palabra. Pero junto con ese privilegio viene también una temible responsabilidad (Stg 3:1). Mediante toda la Escritura hay muestras de ello. Por ejemplo, a Moisés y Aarón se les negó la entrada a la tierra prometida debido a un acto de desobediencia. A un hombre de Dios de Judá, que vino del norte a presentar una profecía a Jeroboam (1 Ry 13:19-24), Dios le había encargado, de manera estricta, que no comiera pan ni bebiera agua en su estancia allí. Pero cuando lo hiso por el engaño de otro, desobedeció a Dios haciéndolo (v.19). Y la reacción de Dios fue inmediata (vv.20-22). Poco después de irse, fue atacado y puerto por un león (v.24).

Ser un hombre de Dios implica una tremenda responsabilidad. Que Dios ayude a cada creyente, mediante su gracia, a permanecer fiel y a ser verdadero hombre de Dios que es bendecido y no castigado.
























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Me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos - Jud 1:3 (RVR).
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