30 jul. 2014

La ley del Espíritu

La ley del Espíritu
Por: Dr. Félix Muñoz

Leer: Romanos 8:1-39.

Histórica y cultualmente,  La adopción en el mundo grecorromano era muy recurrente. En el Imperio romano las modalidades de filiación civil eran fundamentalmente la procreación y la adopción. Esta última práctica fue muy común y extendida, especialmente entre los siglos primero a. C. y cuarto d. C. Generalmente, una de las condiciones para que se diera la adopción era que se gestara dentro de un matrimonio legítimamente constituido.



 La igualdad de derechos en ambas modalidades era tal que parece que el vínculo de sangre no resultaba necesario y mucho menos excluyente. La adopción estaba tan extendida que no era raro que un abuelo adoptara a su nieto, o un tío a su sobrino.

 La adopción era un acto solemne de prohijar por medios legales a quien no lo era por naturaleza. Creaba el vínculo civil de la patria potestad entre dos personas físicas romanas, una de las cuales no se hallaba hasta ese momento bajo la potestad de la otra. En la cultura romana la adopción tuvo fundamento e intereses políticos y religiosos. Su finalidad fue la de perpetuar la grandeza de un nombre que iba a extinguirse y el culto de los antepasados ilustres representativos de la sociedad gobernante. Durante el imperio, a raíz de la decadencia de las ideas religiosas, la adopción se mantuvo en procura de hijos bajo potestad que más tarde fueran los continuadores necesarios del adoptante como herederos suyos. Un hombre que no tuviera un descendiente masculino, en los tiempos republicanos o del Imperio, podía adoptar y pasar su nombre a un hijo adoptivo. Vemos un ejemplo de esto en Augusto, cuyo nombre original era Gaius Octavius Thurinus.

Cuando fue adoptado por César, su nombre pasó a tomar elementos constitutivos del nombre de César más la adición de su antiguo nombre transformado en adjetivo. Por esto Augusto, al enterarse de la adopción por parte de César cuando fue leído su testamento, cambió su nombre a Gaius Julius Caesar Octavianus. Así indicaba su nueva identificación y pertenencia a esa familia, junto a su antiguo nombre como adjetivo. Por esto quizá, para Pablo, es fácil dirigirse a la congregación de creyentes en Roma, con una nutrida participación de personas provenientes del helenismo, y hablar de que el creyente en Cristo es adoptado como hijo de Dios, pues ya el concepto es familiar y de uso común.

Lexico sintácticamente. Pablo pasa de la descripción de una situación angustiante en la lucha diaria del creyente con su naturaleza pecaminosa, y lanza un grito de victoria: Ninguna condenación hay del griego (katakrima), que se puede traducir como “ninguna reprobación”. Pero no abarca a toda la humanidad en forma automática; Pablo dice esto es para los que están en Cristo Jesús. La segunda sección del verso “para los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” no aparece en los manuscritos originales, sino más buen es un adherido.

Este capítulo tiene una conexión principal y dos subordinadas con la primera parte del anterior. El ahora pues, con que Pablo comienza, sugiere que está sacando una conclusión de lo dicho anteriormente. Tanto el vocabulario como el contenido del v. 1 señalan al final del cap. 5 como base de esta conclusión. El argumento de Pablo fue que los creyentes en Cristo están libres de la condenación (katakrima; vv. 16 y 18) producida por Adán, porque han sido unidos a Jesucristo. Es éste el concepto que Pablo, luego de su digresión en los caps. 6 y 7, reitera ahora: Ninguna condenación [katakrima] hay para los que están en Cristo Jesús. Pero hay otros dos puntos de contacto: se disciernen a partir del contraste deliberado que Pablo.

El Espíritu de adopción. Así como la “vida” es la idea dominante en los vv. 1-13, la de ser hijos lo es en los vv. 14-17. Este breve párrafo, además de hacer su propia contribución al tema del capítulo, recordando la maravillosa y consoladora verdad de que los cristianos hemos sido adoptados en la familia de Dios, brinda una transición entre los vv. 1-13 y 18-30. Ser un hijo de Dios explica a la vez por qué el Espíritu de Dios nos confiere vida (13, 14), y por qué puede decirse que somos herederos con una gloriosa perspectiva para el futuro (vv.17, 18). Ser guiados por el Espíritu de Dios (v.14) no significa ser guiados por el Espíritu en la toma de decisiones, sino estar bajo su influencia dominadora (Gálatas 5:18). La cláusula resume las diversas descripciones de la vida en el Espíritu de que se habló en los vv. 5-9. Pablo puede afirmar que aquellos que son guiados de esta forma por el Espíritu son hijos de Dios, y por lo tanto destinados a vivir (v.13), ya que hijos de Dios es un título bíblico para el pueblo de Dios (ver, p. ej.  Deuteronomio 14:1; <Isaías 43:6; cf. Romanos 9:26).



Pero también debemos reconocer en el título una alusión a la calidad de hijo de Jesús mismo (ver vv. 3 y 29); como lo confirma el v. 15, Abba fue la forma en que Jesús mismo se dirigía a Dios (ver Marcos 14:36) y que mostraba una intimidad especial. Esta misma forma es la que ahora usan los cristianos para clamar espontáneamente en su propio acercamiento a Dios. Es el Espíritu, una vez más, quien implanta en nosotros ese sentido de intimidad (v.16) y anula, por tanto, toda atadura (a “la ley del pecado y de la muerte”, v. 2) y toda razón para temer (v.15a). El Espíritu, por consiguiente, es el espíritu de adopción como hijos. Pablo toma la expresión “de adopción como hijos” (huiothesia) del mundo grecorromano, donde ésta denotaba la institución legal por medio de la cual se podía adoptar a un niño y conferirle todos los derechos y privilegios que corresponderían a un hijo natural. Pero la concepción está basada en la imagen bíblica de Dios como aquel que por pura gracia elige un pueblo para que sea suyo (ver Romanos 8:23; 9:4; Gálatas 4:5; Efesios 1:5).

El hecho de que seamos adoptados en la familia de Dios, con todo lo sorprendente y reconfortante que es, no marca el final de la historia. Porque ser hijos es también ser herederos: estar a la espera de la investidura final de todos los derechos y privilegios que nos han sido conferidos al ser hijos de Dios (v.17; ver especialmente Gálatas 4:1-7, con un argumento bastante similar al de Romanos 8:1-17). Así como el Hijo de Dios tuvo que sufrir antes de entrar en su gloria (1 Pedro 1:11), también nosotros, los hijos de Dios por adopción, debemos sufrir “con él” antes de compartir su gloria (ver también Filipenses 1:29; 3:20; 2 Corintios 1:5). Dado que estamos unidos a Cristo, el siervo del Señor “despreciado y desechado por los hombres” (Isaías 53:3), podemos esperar que el sendero que nos lleva a nuestra gloriosa herencia también esté sembrado de dificultades y peligros.

El Espíritu de gloria. En este párrafo, Pablo explica en detalle su referencia al sufrimiento y la gloria en el v. 17, desarrolla el tema general de la seguridad del cristiano y nos trae nuevamente al comienzo de esta sección principal de la carta (<Romanos 5:1-11). La esperanza de gloria del cristiano enmarca el párrafo, ya que se presenta al comienzo (v.18) y al final (v.30), y es el tema que abarca toda la sección. Los creyentes, que enfrentamos la necesidad de “sufrir con Cristo” en este mundo, podemos no obstante estar confiados y seguros, sabiendo que Dios ha determinado guiarnos por el camino que nos lleva a nuestra herencia (18-22, 29, 30), que él está obrando providencialmente a favor de nosotros (v.28) y que nos ha dado su Espíritu como la garantía de nuestra redención final (23).

Pablo jamás minimiza la realidad ni la gravedad del sufrimiento del cristiano en este mundo. Pero ese sufrimiento aún debe verse como insignificante, comparado con la gloria que pronto nos ha de ser revelada (v.18). En el AT, la “gloria” denota el “peso” y la majestad de la presencia de Dios. Pablo aplica la palabra al estado final del creyente en Cristo cuando hayamos sido transformados a la imagen del Hijo de Dios (v.29); porque Cristo ya ha entrado a este estado de gloria (Filipenses 3:21; Col 3:4), y la transformación de nuestros cuerpos traerá a la luz en ese último día nuestra parte en esa gloria. Los vv. 19-25, cuyas palabras clave son “aguardar” (vv.19, 23 y 25) y esperanza (vv.20, 24, 25), muestran que los creyentes en Cristo, junto con la creación toda, deben esperar que la obra de Dios se complete. Pablo sigue los precedentes del AT (Salmo 65:12, 13; Isaías 24:4; Jeremías 4:28; 12:4) al personificar a la creación subhumana: ésta gime en su frustración (vv.20, 22) y espera ansiosamente el día en que nuestra condición de hijos de Dios se complete y sea hecha pública (vv.19, 21). Lo que deja en claro que Pablo no incluye a los ángeles y a los seres humanos en su texto es que la frustración que la creación experimenta no fue producida por su propia voluntad (v.20).



Se produjo, en cambio, por causa de aquel que la sujetó (v.20), es decir, Dios, quien maldijo a la tierra como resultado del pecado de Adán (Génesis 3:17, 18; cf. 1 Corintios 15:27). Pero el decreto de esta sujeción siempre fue acompañado por la esperanza de que Dios un día haría de su creación lo que él originalmente quiso que fuera, un lugar donde “el lobo habitará con el cordero” (Isaías 11:6). Nosotros, los creyentes en Cristo, compartimos el clamor y la esperanza de la creación (v.23), porque poseemos el Espíritu como primicias, garantía y prenda de nuestra redención final, y esto hace que anhelemos mucho más el completamiento de la obra de Dios en nosotros. Lo que muchas veces en el NT se llama la tensión del “ya... y todavía no” entre lo que Dios ya ha hecho por el creyente y lo que aún le resta por hacer, se hace muy evidente al comparar el v. 23 con los vv. 14-17.

Porque la “adopción como hijos” que allí se dice que poseemos está aquí ligada con la redención de nuestro cuerpo y se constituye en el objeto de la esperanza y expectativa. Tal esperanza es la esencia misma de nuestra salvación. Por lo tanto, debemos esperar pacientemente lo que Dios ha prometido vv. (vv.24, 25). En los vv. 26-30 Pablo nos da tres razones por las que podemos esperar con Paciencia y confianza la culminación de nuestra esperanza. Primera, el Espíritu nos ayuda en nuestra ignorancia sobre por qué cosas orar (vv.26, 27). En esta vida necesariamente estamos inseguros en cuanto a cómo debiéramos orar. Pero el Espíritu mismo intercede por nosotros ante Dios, orando por nosotros esa oración que siempre está en perfecta concordancia con la voluntad de Dios (v.27). Pablo no habla aquí del don de hablar en lenguas; ni siquiera es claro si habla de un proceso audible, ya que los gemidos del Espíritu pueden ser metafóricos (ver v. 22). En cambio, probablemente esté refiriéndose a un ministerio intercesor del Espíritu Santo en el corazón del creyente que se produce sin que nosotros siquiera tengamos conocimiento de él.

Un segundo fundamento para que el creyente espere con confianza el futuro es que Dios está obrando constantemente en todas las cosas para [el] bien de los que le aman (v.28). Nada que pueda tocarnos cae fuera de la esfera del cuidado providencial de nuestro Padre: aquí, verdaderamente, hay un motivo de gozo y un fundamento para la esperanza tan sólido como una roca. Sin embargo, debemos definir el bien que Dios trabaja para producir para nosotros, según sus términos y no los nuestros. Dios sabe que el mayor bien para nosotros es conocerlo y disfrutar de su presencia por siempre. Por lo tanto, para producir este “bien” final, puede permitir que nos aflijan dificultades como la pobreza, la enfermedad y el dolor. Nuestro gozo provendrá no de saber que nunca enfrentaremos esas dificultades —porque seguramente las enfrentaremos (v. 17) sino de saber que, no importa cuál sea la dificultad, nuestro Padre de amor está obrando para hacernos cristianos más fuertes.

Pablo describe a aquellos para los cuales Dios obra de esa forma desde el punto de vista humano (los que le aman) y desde el punto de vista divino (los que son llamados conforme a su propósito, v.28). El “llamado” de Dios no es solamente la invitación a que las personas abracen el evangelio, sino su verdadera convocatoria a las personas para que tengan una relación con él (ver, p. ej. 4:17; 9:12, 24). Este llamado se produce en concordancia con el propósito de Dios, que, en última instancia, es conformarnos a la imagen de su Hijo (v.29). Dios nos lleva a cada uno de nosotros a esa meta por medio de una serie de hechos realizados a nuestro favor. Primero, nos “conoció antes”. Algunos eruditos creen que proginosko (conocer desde antes) significa aquí lo que comúnmente significa en la literatura griega: “Conocer algo con anticipación.” Pero Pablo dice que es a nosotros, los cristianos, a los que Dios conoce, y esto sugiere la idea más personal de “conocer”, que se encuentra en algunas ocasiones en el AT: la elección para tener una relación personal (p. ej. Génesis 18:19; Jeremías 1:5; Amós 3:2). Este es, casi seguramente, el sentido que tiene la expresión en otros pasajes del NT (Romanos 11:2; Hechos 2:23; 1 Pedro 1:2, 20). El “previo conocimiento” de Dios, el habernos elegido para salvarnos “desde antes de la fundación del mundo” (Efesios 1:4), lleva a nuestra “predestinación” por parte de él, es decir, nos señaló para que tengamos un destino específico.

Este destino es que lleguemos a ser como Cristo, un acontecimiento final que Dios lleva a cabo “llamándonos” (ver v. 28b), “justificándonos” (ver Romanos 3:21—4:25) y “glorificándonos”. Es significativo que este último verbo esté, como los otros en el v. 30, en tiempo pasado, sugiriendo que, aunque la obtención de la gloria sea futura, la determinación de Dios de que la logremos ya está cumplida. Podemos ver esta hermosa celebración de nuestra seguridad en Cristo, que es casi un himno, como una respuesta a lo que Pablo acaba de decir (vv.28-30, o 18-30, o aun 1-30), pero es mejor considerarla como una reflexión final del conjunto de los caps. 5—8. Se da en dos partes. En la primera de ellas (vv.31-34) Pablo nos recuerda que Dios es por nosotros: al darnos su Hijo al mismo tiempo nos ha asegurado todo lo que necesitamos para pasar por esta vida y alcanzar la salvación final. Nadie, entonces, podrá presentar ninguna acusación contra nosotros con éxito o hacer que seamos condenados en el juicio. Porque Dios es quien nos ha elegido y justificado, y su propio Hijo es quien responde a cualquier acusación que se haga en contra de nosotros.



La segunda parte del himno (vv.35-39) celebra el amor de Dios en Cristo por nosotros. Es tan imposible que algo nos separe de ese amor como que alguien pueda presentar una acusación contra nosotros. Ningún peligro o desastre terrenal puede hacerlo (vv.35b, 36). Aunque podemos esperar estos sufrimientos, como Pablo nos recuerda con su cita del Salmo 44:22: En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Tampoco hay algún poder espiritual (los ángeles, principados y poderes, mencionados en el v. 38) que pueda separarnos del amor de Dios. Por cierto, no hay nada en toda la creación que pueda separarnos del nuevo régimen en el que el amor de Dios en Cristo reina sobre nosotros por el Espíritu.

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