11 ago. 2015

EL PERIODO INTERTESTAMENTARIO (Historia)

EL PERIODO INTERTESTAMENTARIO
Por: DR. Félix Muñoz


Cuando Dios pronunció Su mensaje final por medio de Malaquías, cesó en Sus comunicaciones a través del hombre durante casi 400 años, lo cual resultó en un silencio abrumador en la revelación divina. Sin duda, el silencio de Dios dio pie a muchas teorías en cuanto a Su carácter. 

Puede que algunos demandaron que Él actuara como siempre lo ha hecho. Otros dedujeron que el hombre era demasiado pecador para que Dios le hablase (lo cual es a la vez correcto y absurdo, ya que cualquier pecado es una afrenta a Dios. Así que, si no fuese por Su gracia, Él no se hubiese relacionado con ninguna persona o generación antes de la época de Malaquías, ni después). Y puede que otros hayan sugerido que la falta de fe del hombre fue la causa del silencio y aparente inactividad de Dios.



Ninguna de estas teorías tiene en cuenta la omnisciencia y soberanía de JEHOVÁ Dios. Su amor determinado y pactado (hebreo hesed) ya se había puesto en marcha. Este largo silencio formaba parte de Su plan eterno. Había hablado en numerosas ocasiones y a través de distintas personas, pero ahora estaba preparando a la raza humana para pronunciar Su Palabra más sublime y poderosa: Jesús. Una pausa —larga y marcada— añadiría énfasis a tan monumental revelación. Ciertamente, los caminos de Dios están totalmente fuera del alcance del hombre. «Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos» (Is. 55:9). Pero el Arquitecto del universo no lleva a cabo Su obra sin orden y simetría, aun en Su trato con los finitos e inconstantes seres humanos. Ocasionalmente, se puede discernir ese orden.

Nos resultará muy instructivo repasar brevemente la manera en que Dios ministró al hombre durante los años que recoge el Antiguo Testamento. De los acontecimientos recopilados a través de la inspiración del Espíritu Santo emerge un patrón de acción consistente. Dicha consistencia en el pasado ilumina los movimientos de Dios durante lo que puede denominarse el Periodo Intertestamentario. Sobresalen dos cosas. Primero Dios, antes de presentar Su mensaje o proveer liberación, generalmente designaba o permitía que surgiese una situación desesperada.

Segundo, Él siempre llamaba a un siervo fiel para que se pusiese en la brecha,


intercediendo ante Él a favor del pueblo (Ez. 22:30), y para ser Su agente, a través del cual Él efectuaba Su obra. Consideremos las terribles condiciones que predominaban en la sociedad antediluviana. Dios llegó a expresar pesar por haber creado al hombre (Gn. 6:6). Contra el fondo de esta escena oscura y deprimente, la Biblia declara: «Pero Noé halló gracia ante los ojos de JEHOVÁ» (Gn. 6:8). Así que tenemos una situación desesperada, y el siervo fiel de Dios.

Esto mismo se repitió con Abraham, en el hecho de que Dios sacase un pueblo escogido de entre una raza humana enzarzada en soberbia e idolatría. Se presentó de nuevo con José, librando a Israel del hambre. Moisés fue otro libertador, que llegó justo a tiempo para rescatar al pueblo de Dios de circunstancias aparentemente imposibles. La misma idea prevalece en el libro de los Jueces, y sigue apareciendo en vidas como la de Ester y Nehemías. En cada uno de estos ejemplos, y otros similares, tuvieron que verse frustrados los esfuerzos humanos antes de que se manifestase la intervención divina. La historia registrada del periodo intertestamentario refleja una experiencia similar. Al parecer, Dios permitió que Su pueblo agotase sus recursos hasta quedar reducidos a otra situación desesperada, antes de sacar a la luz Su más fiel y único Siervo perfecto, Su Hijo Jesucristo.



EL PERIODO EN CUESTIÓN

Calculando que el libro de Malaquías se completase en el 397 a.C., el periodo que estamos considerando comienza en ese punto y continúa hasta que el ángel anuncia el nacimiento de Juan el Bautista (Lc. 1:11–17). Durante este espacio de tiempo de 400 años no hubo profetas ni escritores inspirados de revelación divina.

Observamos seis divisiones históricas:
La Edad Persa, que realmente data hasta el 536 a.C., pero coincide con el periodo intertestamentario desde el año 397 hasta el 336 a.C.; la Edad Griega (336–323 a.C.); la Edad Egipcia (323–198 a.C.); la Edad Siria (198–165 a.C.); la Edad Macabea (165–63 a.C.); y la Edad Romana (63–4 a.C.).

Presentaremos el estudio cronológicamente de acuerdo a estas seis divisiones, prestando atención tanto a la situación histórica como al desarrollo religioso de cada apartado.

LA EDAD PERSA (397–336 A.C.)

Situación Histórica

Como hemos observado anteriormente, los persas eran la potencia dominante en el Medio Oriente desde el 536 a.C. Dios había utilizado a los persas para librar a Israel de la cautividad babilónica (Dn. 5:30, 31). La actitud persa hacia el remanente judío en Palestina era tolerante, hasta que la rivalidad interna por conseguir el oficio políticamente poderoso de sumo sacerdote resultó en la destrucción parcial de Jerusalén a manos del gobernador persa. A excepción de esto, el pueblo judío no sufrió disturbios durante ese periodo.

Desarrollos Religiosos

Dios usó la cautividad babilónica para purgar la idolatría de Su pueblo. Ellos volvieron a Jerusalén con una nueva reverencia hacia las Escrituras, especialmente la ley de Moisés. También se asieron con firmeza al concepto teológico del monoteísmo. Estas dos influencias continuaron durante el Periodo Intertestamentario. Puede atribuírsele a este periodo el surgimiento de la sinagoga como centro local de adoración. Los escribas llegaron a ser muy importantes para la interpretación de las Escrituras en los cultos de la sinagoga. En la época del nacimiento de Jesús, la sinagoga se había desarrollado hasta estar bien organizada, extendiéndose por todas las comunidades judías del mundo.

Otro desarrollo que afectó a la extensión del evangelio durante el tiempo del Nuevo Testamento se originó hacia el final del gobierno persa. En Samaria se fundó un templo estableciendo un modo de culto que rivalizaba con el judaísmo. Este evento facilitó la separación decisiva social y religiosa entre los judíos y los samaritanos.

LA EDAD GRIEGA (336–323 A.C.)

Situación Histórica



Alejandro Magno, en muchos aspectos el mayor conquistador que jamás haya existido, fue la figura central de este breve periodo. Conquistó Persia, Babilonia, Palestina, Siria, Egipto, y la India occidental. Aunque murió a la edad de treinta y tres, habiendo reinado sobre Grecia por sólo trece años, su influencia perduró hasta mucho después de su muerte.

Desarrollos Religiosos

La ambición de Alejandro era lograr un imperio mundial unido en lengua, costumbres y civilización. Fue bajo esta influencia que el mundo empezó a hablar y estudiar la lengua griega. Este proceso, llamado helenización, incluía la adopción de la cultura y religión griega en todo el mundo. El helenismo llegó a ser tan popular que persistió hasta los tiempos del Nuevo Testamento, siendo fomentado por los mismos romanos. 

La lucha que se desarrolló entre los judíos y la influencia del helenismo sobre su cultura y religión fue larga y amarga. Aunque el griego alcanzó tan amplia extensión alrededor del 270 a.C. como para resultar en una traducción del Antiguo Testamento al griego (la Septuaginta), los judíos fieles se resistían con firmeza contra el politeísmo pagano.

LA EDAD EGIPCIA (323–198 A.C.)

Situación Histórica

A raíz de la muerte de Alejandro en el 323 a.C., el imperio griego se dividió en cuatro secciones bajo ese mismo número de generales: Ptolomeo, Lisímaco, Casando y Seleuco. Éstos fueron los «cuatro reinos» de Daniel que ocuparon el lugar del «cuerno grande» (Dn. 8:21, 22). Ptolomeo Sóter, precursor de la dinastía ptolomea, recibió Egipto y pronto dominó los alrededores de Israel. Al principio trató con dureza a los judíos, pero al final de su reinado y durante el gobierno de Ptolomeo Filadelfo, su sucesor, los judíos recibieron un trato favorable. La Septuaginta se autorizó durante esta época.

Los judíos prosperaron hasta casi finales de la dinastía ptolomea, cuando aumentaron los conflictos entre Egipto y Siria. De nuevo, Israel se vio pillada en medio. Cuando los sirios derrotaron a Egipto en la batalla de Panión en el año 198 a.C., Judea quedó anexada a Siria.

Desarrollos Religiosos

La política de tolerancia que los ptolomeos siguieron, por la cual el judaísmo y el helenismo coexistieron pacíficamente, resultó muy peligrosa para la fe judía. Paulatinamente se infiltró la influencia griega y, casi de forma desapercibida, comenzó la asimilación del estilo de vida griego. El énfasis del helenismo en la belleza, forma y movimiento hicieron que los judíos descuidasen sus rituales religiosos, los cuales eran ascéticamente sin atractivo. Así, el culto se vio influenciado, llegando a ser más algo externo que interno, noción que tuvo un impacto duradero sobre el judaísmo.

Emergieron dos grupos religiosos: el grupo helenizado, que era pro-sirio, y los judíos ortodoxos, en particular los Hasidim o «piadosos» (precursores de los fariseos). La lucha por el poder entre estos dos grupos dio como resultado la polarización de los judíos en líneas políticas, culturales y religiosas. Fue este mismo conflicto lo que causó el ataque de Antíoco Epífanes en el 168 a.C.

LA EDAD SIRIA (198–165 A.C.)

Situación Histórica

Bajo el gobierno de Antíoco el Grande y su sucesor Seleuco Filopáter, los judíos fueron tratados con más dureza, pero se les permitió conservar el gobierno local bajo su sumo sacerdote. Todo fue bien hasta que el partido helenizado decidió poner a su favorito, Jasón, en lugar de Onías III, el sumo sacerdote favorecido por los judíos ortodoxos; su manera de conseguirlo fue sobornando al sucesor de Seleuco, Antíoco Epífanes. Esto causó un conflicto político que finalmente llevó a Antíoco a Jerusalén en un arranque de ira. En el 168 a.C. Antíoco se propuso destruir toda característica distintiva de la fe judía.

Prohibió todos los sacrificios, proscribió el ritual de la circuncisión, y canceló la
observancia del día de reposo y los días festivos. Las Escrituras fueron mutiladas o destruidas. A los judíos se les forzaba a comer cerdo y cosas sacrificadas a los ídolos. Su acto final de sacrilegio, que fue el que selló su ruina definitiva, consistió en profanar el lugar santísimo, haciendo un altar y ofreciendo un sacrificio al dios Zeus. Muchos judíos perdieron la vida en las persecuciones que siguieron. Tal vez al llegar a este punto sea necesario recordar la manera en la que Dios obra con el hombre. Crea o permite una situación desesperada, y entonces llama a un siervo fiel y especial. Aun así, al hombre suele intentar rescatarse a sí mismo, y cuando le parece que está cerca del éxito vuelve a caer para quedar en peor estado que el anterior. Esto es lo que estaba a punto de acontecer en la vida del pueblo de Dios, los judíos. Dios sencillamente estaba preparando la escena para la llegada del verdadero Libertador.



Desarrollos Religiosos

Como puede observarse por el desarrollo histórico de este periodo, la religión judía quedó dividida por el helenismo. Se echaron cimientos para un grupo ortodoxo, generalmente dirigido por los escribas, más tarde llamados fariseos, y para una facción de judíos más «pragmáticos» que llegó a asociarse con el oficio del sumo sacerdote. El modelo de forma de pensar sobre el cual éstos se basaron dio pie al surgimiento de los saduceos más tarde.

LA EDAD MACABEA (165–63 A.C.)

Situación Histórica

Un sacerdote entrado en años y llamado Matatías, de la casa de Hasmón, vivía con sus cinco hijos en la aldea de Modín, al noroeste de Jerusalén. Matatías se rebeló cuando un oficial sirio intentó forzar un sacrificio pagano en Modín; mató a un judío renegado que llegó a efectuar el sacrificio, y también al oficial, huyendo posteriormente a las montañas junto con su familia. Miles de judíos fieles se les unieron, y aquí la historia registra una de las demostraciones más nobles de santo celo por el honor de Dios.

Tras la muerte de Matatías, tres de sus hijos dirigieron las revueltas en sucesión: Judas, llamado Macabeo (166–160 a.C.), Jonatán (160–142 a.C.), y Simón (143–134 a.C.). Estos hombres lograron tal éxito que, el 25 de diciembre del 165 a.C., habían retomado Jerusalén, purificado el templo y restaurado el culto. Este evento todavía se conmemora como la Fiesta de Hanukkah (Dedicación).

La lucha continuó en las áreas alrededor de Judea con varios intentos fútiles de parte de Siria para derrotar a los macabeos. Finalmente, bajo la dirección de Simón, los judíos recibieron la independencia (142 a.C.). Experimentaron casi setenta años de independencia bajo el reinado de la dinastía hasmonea, los gobernantes más sobresalientes de los cuales eran Juan Hircano (134–104 a.C.) y Alejandro Janeo (102–76 a.C.).

Desarrollos Religiosos

El desarrollo religioso más significativo de este periodo resultó de una fuerte
discrepancia de opinión respecto al reinado y sumo sacerdocio de Judea. Durante siglos, la posición de sumo sacerdote había tenido connotaciones obviamente políticas. El énfasis no era tanto en el linaje de Aarón sino en fuerza política. Los judíos ortodoxos se resintieron y resistieron ese desarrollo. Cuando Juan Hircano ascendió a gobernador y sumo sacerdote de Israel, conquistó Transjordania e Idumea y destruyó el templo samaritano. Su poder y popularidad le llevaron a referirse a sí mismo como rey. Esto fue como una bofetada para los judíos ortodoxos, entonces llamados fariseos. Ellos no reconocían rey a menos que éste fuese descendiente del linaje de David, y los hasmoneos no lo eran.



Aquellos que se oponían a los fariseos y apoyaban a los hasmoneos fueron llamados saduceos. Estos nombres aparecieron por primera vez durante el reinado de Juan Hircano, llegando él mismo a formar parte de los saduceos.

LA EDAD ROMANA (63–4 A.C.)

Situación Histórica

La independencia de los judíos llegó a su fin en el 63 a.C., cuando Pompeyo de Roma tomó Siria y entró en Israel. Aristóbulo II, diciendo ser rey de Israel, no dejó que Pompeyo entrase Jerusalén. El líder romano, furioso, tomó la ciudad por la fuerza y redujo el tamaño de Judea. El intento de Israel para librarse de la opresión se había visto recompensado por un tiempo, pero ahora toda esperanza parecía desvanecerse. En el año 47 a.C. Julio César nombró procurador de Judea a Antipáter el idumeo. Herodes, hijo de Antipáter, finalmente llegó a ser rey de los judíos alrededor del 40 a.C. Aunque Herodes el Grande, pues así le llamaban, planeó y efectuó la construcción del nuevo templo en Jerusalén, era un devoto helenista y odiaba a la familia hasmonea. Mató a todos los descendientes de los hasmoneos, aun a su propia esposa, Mariamne, nieta de Juan Hircano. Después de lo cual asesinó también a sus dos propios hijos que tuvo con Mariamne, Aristóbulo y Alejandro. Éste es el hombre que ocupaba el trono cuando Jesús nació en Belén. ¡Qué situación tan oscura y desesperada para el pueblo de Dios!

Desarrollos Religiosos

Ya se ha mencionado el surgimiento de los fariseos y saduceos. Antes de proseguir con una descripción de otros tres grupos importantes, es necesario que prestemos atención a estos dos grupos mayoritarios.

(1) Los fariseos recibieron este nombre, que significa «separatistas», a principios del reinado de Juan Hircano. Dependían casi absolutamente de los escribas y eran leales a la ley y religión de JEHOVÁ. Sus énfasis en la adherencia estricta a las Escrituras condujo a un fuerte apego a la «ley oral» o Misná, cuya intención era aplicar la ley escrita a la vida cotidiana. Durante el ministerio terrenal del Señor Jesús, la «ley oral» era tan rígida con expansiones legalistas que a menudo no tenía nada que ver con el propósito original de las Escrituras. Lo que comenzó como completa y necesaria dependencia de la Palabra de Dios, se deterioró hasta llegar a ser un formalismo y legalismo que negaba el espíritu de la Palabra.

(2) Los saduceos obtuvieron este nombre de una derivación de la palabra zadokites o tal vez de la palabra hebrea tsaddik, que significa «justo». Mientras los fariseos estaban fuertemente unidos con los escribas, los saduceos estaban más relacionados con el sumo sacerdote. Parece ser que los sacerdotes siempre se han inclinado más hacia los aspectos sociales, políticos y terrenales de su posición. Esta manera de pensar era atractiva para muchos de los dirigentes judíos cuya orientación era más bien social. Numéricamente este grupo era mucho más reducido que el de los fariseos, siendo los saduceos en su mayor parte pertenecientes a familias sacerdotales muy influyentes económicamente, las cuales formaban la aristocracia social de la nación judía. Creían que la ley de Dios y la política de una nación eran cosas totalmente distintas y separadas. En otra palabras, no veían relación entre la necesidad de santidad y el destino de su nación. La religión era religión; la política era política. Por eso, se mostraban muy escépticos acerca de los fariseos y aparentemente llegaron a la conclusión de que estos últimos eran anticuados, irrelevantes y fanáticos.

(3) Los herodianos surgieron durante la era romana (Mt. 22:16). Era un partido político cuyo propósito principal era avanzar la causa del gobierno de Herodes. Tal vez lo que les motivaba era temor al gobierno romano y a la posibilidad de la destrucción total que pudiese resultar de algún acto de rebelión por parte de los judíos. Se inclinaban vigorosamente hacia el helenismo y se oponían a los fariseos y a su énfasis constante en la separación.



(4) Los celotes (o «cananeos», del arameo, kanna´ah, «celoso»— «cananitas» en algunas versiones del NT) también eran un partido político, pero que se oponían directamente a los herodianos. No estaban dispuestos a conformarse al gobierno romano, y no creían como los fariseos en esperar sumisamente hasta que viniese el Mesías para derrotar a los romanos. En su opinión, Dios sólo ayudaba a aquellos que se ayudaban a sí mismos, como solemos decir: «a Dios rogando y con el mazo dando». Los judíos debían estar dispuestos a luchar por su independencia. Al fanatismo farisaico por la letra de la ley, los celotes añadían un ardiente espíritu nacionalista. Las enseñanzas de este grupo reflejaban más bien una liberación militar y humana que una intervención divina.

(5) Los esenios también fueron fruto de la era romana. No son citados en el Nuevo Testamento, pero han captado la atención considerablemente desde el descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto. Este grupo era religioso, no político. Formaban una especie de secta pseudo espiritual, pensando que debían apartarse de la sociedad humana corriente para practicar un estilo de vida monástico y una clase de judaísmo místico. En su pasión por el espíritu de la ley y de ser apartados para Dios, los esenios perdieron toda noción de la misión evangelística de Israel. Se contentaron con dejar al mundo fuera, ignorando sus problemas y dejando que muriese sin esperanza.

CONCLUSIÓN

El escenario estaba listo. Los intentos inútiles del hombre en su trato con los flujos de la marea del poder político y de la religión apenas habían dado algún resultado. Israel se encontraba en una esclavitud espiritual todavía peor que su esclavitud política. El surgimiento de los diferentes grupos y movimientos antes descritos evidencian que existía una búsqueda sincera de alguna solución final para su problema. Todo parecía haber fracasado. La escena de la historia estaba en tinieblas. La situación era realmente desesperada. En medio de este escenario Dios rompió cuatrocientos años de silencio con el anuncio de la venida de Cristo, el fiel Siervo del Señor, y el periodo Intertestamentario llegó a su fin.

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Me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos - Jud 1:3 (RVR).
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