13 ago. 2015

La gloria de Cristo, Cabeza de la Iglesia

La gloria de Cristo, Cabeza de la Iglesia 

"El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro - Colosenses 1:15–23 (RVR)".



En los siguientes cuatro versículos, tenemos descrito al Señor Jesús: (1) en Su
relación con Dios (v. 15); (2) en Su relación con la creación (vv. 16, 17); y (3) en Su relación con la iglesia (v. 18). 

El Señor es aquí descrito como la imagen del Dios invisible. El término imagen conlleva al menos dos ideas. Primero, comunica el pensamiento de que el Señor Jesús nos ha hecho capaces de ver cómo es Dios. Dios es Espíritu, y es por ello invisible. Pero en la Persona de Cristo, Dios se ha hecho visible a los ojos mortales. En este sentido el Señor Jesús es la imagen del Dios invisible. Todo el que le ha visto a Él, ha visto al Padre (ver Juan 14:9). Pero la palabra imagen comunica asimismo la idea de «representante». Dios había puesto originalmente a Adán en la tierra para que representase Sus intereses, pero Adán fracasó. Por ello, Dios envió a Su Hijo unigénito al mundo como Su Representante para que cuidase de Sus intereses y revelase Su corazón de amor al hombre. En este sentido, Él es la imagen de Dios. La misma palabra imagen se emplea en Col 3:10, donde de los creyentes se dice que son la imagen de Cristo.



Cristo es asimismo el primogénito de toda creación, o «de todo ser creado». ¿Qué significa? Algunos falsos maestros sugieren que Jesús es Él mismo un ser creado, que fue la primera Persona que Dios jamás creó. Algunos de ellos están incluso dispuestos a admitir que Él es la más grande criatura que salió de manos de Dios. Pero nada podría ser más directamente contrario a la enseñanza de la palabra de Dios. La expresión «primogénito» tiene en la Escritura al menos tres sentidos distintos. En Lucas 2:7 se emplea en un sentido literal, cuando María dio a luz a su Hijo primogénito. Allí significa que el Señor Jesús fue el primer Niño al que ella dio a luz. En Éxodo 4:22, en cambio, se emplea en sentido figurado. «Israel es mi hijo, mi primogénito.» 

En aquel versículo no hay pensamiento alguno de que haya habido un nacimiento literal, sino que el Señor emplea esta palabra para describir el puesto distintivo que tenía la nación de Israel en Sus planes y propósitos. Finalmente, en el Salmo 89:27, la palabra «primogénito» se emplea para designar un puesto de superioridad, de supremacía y singularidad. Allí Dios dice que Él hará de David Su primogénito, más alto que todos los reyes de la tierra. David había sido en realidad el menor de los hijos de Isaí según la carne. Pero Dios había decidido darle un puesto de una singular supremacía, primado y soberanía.

¿No es precisamente éste el pensamiento en Colosenses 1:15 —el primogénito de toda criatura?—. El Señor Jesucristo es el Hijo Unigénito de Dios. En un determinado sentido todos los creyentes son hijos de Dios, pero el Señor Jesús es el Hijo de Dios de una manera que no es cierta de nadie más. Él existió antes de toda creación y ocupa un puesto de supremacía sobre ella. La expresión primogénito de toda creación no tiene nada que ver aquí con nacimiento. Sencillamente significa que Él es Hijo de Dios por relación eterna. Es un título de prioridad de posición, y no simplemente de prioridad cronológica.

Los falsos maestros emplean el v. 15 (especialmente como está en la RV) para enseñar que el Señor Jesús fue un ser creado. El error puede generalmente ser refutado en base del mismo pasaje de las Escrituras que emplean los sectarios. Así sucede aquí. El versículo 16 declara de manera concluyente que el Señor Jesús no es una criatura, sino el mismo Creador. En este versículo leemos que todas las cosas —todo el universo de cosas— fueron creadas no sólo por él, sino por medio de él y para él. Cada una de estas preposiciones conlleva un pensamiento diferente. Primero, leemos que por él fueron creadas todas las cosas. Aquí tenemos el pensamiento de que el poder de crear estaba en Su Ser. Él fue el Arquitecto. Más adelante en el versículo leemos que todo fue creado por medio de él. Esto nos habla de Aquel que es el Agente en la creación. Él fue la Persona de la Deidad por la cual se ejecutó el acto creador. Además, todas las cosas fueron creadas para Él. Él es Aquel para quien todas las cosas fueron creadas, el objetivo de la creación.

Pablo recurre a extremos para enfatizar que todas las cosas fueron creadas por medio de Cristo, sean las que están en los cielos, sean las que están en la tierra. Esto no deja ningún hueco para que nadie pueda sugerir que aunque Él creó algunas cosas, Él mismo fue originalmente creado. El apóstol pasa luego a declarar que la creación del Señor incluyó las cosas visibles y las invisibles. La palabra visibles no precisa de explicación alguna, pero es indudable que el Apóstol Pablo se daba cuenta de que al decir invisibles suscitaría nuestra curiosidad. Por ello, pasa a detallar lo que quiere decir por cosas invisibles. Incluyen tronos, dominios, principados y potestades. Creemos que estos términos se refieren a seres angélicos, aunque no podemos distinguir entre los diferentes rangos de estos seres inteligentes.

Los gnósticos enseñaban que había varios rangos y clases de seres espirituales entre Dios y la materia, y que Cristo pertenecía a una de estas clases. En nuestros tiempos, los espiritistas pretenden que Jesucristo es un ser avanzado de la sexta esfera. Los Testigos de Jehová enseñan que antes que nuestro Señor entró en el mundo, era un ángel creado, ¡nada menos que el arcángel Miguel! Aquí Pablo refuta vigorosamente estos absurdos conceptos
declarando de la forma más clara posible que el Señor Jesucristo es el Creador de los ángeles —de hecho, de todos los seres, tanto si son visibles como invisibles.

Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas tienen consistencia en él. Pablo dice: «Él es antes de todas las cosas», no «Él fue antes de todas las cosas». El tiempo presente se emplea frecuentemente en la Biblia para describir la atemporalidad de la Deidad. El Señor Jesús, por ejemplo, dijo: «Antes que Abraham llegase a ser, YO SOY» (Jn. 8:58, cf. RVR77 margen). No sólo existía el Señor Jesús antes que hubiese creación alguna, sino que todas las cosas tienen consistencia en él. Esto significa que Él es el Sustentador del universo y la fuente de su perpetuo movimiento. Él controla las estrellas, el sol y la luna. Incluso cuando Él estaba en la tierra, Él era quien controlaba las leyes mediante las que funciona nuestro universo de una manera ordenada.



El dominio del Señor Jesús no sólo cubre el universo natural, sino que se extiende también al ámbito espiritual. Él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia. Todos los creyentes en el Señor Jesús, durante esta dispensación, son constituidos en lo que se conoce como el cuerpo de Cristo, o la iglesia. Así como un cuerpo humano es un vehículo mediante el que la persona se expresa, así el Cuerpo de Cristo es aquel vehículo que Él tiene en la tierra mediante el que ha escogido expresarse al mundo. Y él es la cabeza de este cuerpo. La cabeza habla de guía, dictado, control. Él ocupa el puesto de preeminencia en la iglesia.

Él es el principio. Comprendemos por esto que se significa el principio de la nueva creación (véase Ap. 3:14), la fuente de la vida espiritual. Esto se explica adicionalmente por el uso de la expresión el primogénito de entre los muertos. Aquí de nuevo debemos tener la cautela de destacar que esto no significa que el Señor Jesús fuese el primero en resucitar de entre los muertos. Hubo casos de resurrección en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Pero el Señor Jesús fue el primero en resucitar de entre los muertos para nunca jamás morir. Él fue el primero en levantarse con un cuerpo glorificado, y resucitó como Cabeza de una nueva creación. Su resurrección es singular, y es la prenda de que todos los que confían en Él también resucitarán. Esto le proclama como supremo en la creación espiritual.

Cristo no puede ser segundo ante nadie. Él es «el primogénito de toda creación», porque Él lo ha creado todo (Col. 1:15, 16). Él es asimismo el primogénito de entre los muertos en relación con una familia redimida y celestial. Así, la creación y la redención le dan a Él los honores de la supremacía por ser Él quien es y por lo que Él ha hecho: «Para que en todo
tenga la preeminencia». Él es primero en todo. El Señor Jesús tiene así una doble preeminencia —primero en creación, y luego en la iglesia—. Dios ha decretado que en todo tenga Él la preeminencia. ¡Qué respuesta es ésta para aquellos que en los tiempos de Pablo (y en los nuestros) querrían robarle Su deidad y hacer de Él sólo un ser creado, por exaltado que sea! Al leer que en todo tenga la preeminencia, es sólo apropiado que cada uno de nosotros se pregunte: «¿Tiene él la preeminencia en mi vida?».

Darby traduce el versículo 19 de la siguiente manera: «Porque en Él se complació en morar toda la plenitud [de la Deidad].» La tradición de las versiones antiguas podría hacer parecer como si en algún punto de tiempo (obsérvense que «el Padre» no existe en el texto griego) el Padre se hubiese complacido en hacer que en el Hijo morase toda plenitud. El verdadero sentido es que la plenitud de la Deidad siempre moró en Cristo.

Los herejes gnósticos enseñaban que Cristo era una especie de «casa intermedia» hacia Dios, un eslabón necesario en la cadena. Pero había otros y mejores eslabones más adelante. «Id adelante a partir de Él», apremiaban, «y alcanzaréis la plenitud». «No», responde Pablo, «¡Cristo es Él mismo la completa plenitud!». Toda la plenitud mora en Cristo. La palabra para morar aquí significa habitar de manera permanente, no simplemente visitar de manera temporal.

El versículo 19 está conectado con el versículo 20: «Por cuanto tuvo a bien el Padre … por medio de él (Cristo) reconciliar consigo todas las cosas … haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.» En otras palabras, no fue sólo el beneplácito de la Deidad que morase toda la plenitud en Cristo (v. 12), sino también que Cristo reconciliase consigo todas las cosas. Hay dos reconciliaciones mencionadas en este capítulo: (1) La reconciliación de cosas
(v. 20), y (2) la reconciliación de personas (v. 21). Lo primero es aún futuro, mientras que lo segundo es cosa pasada para todos los que han creído en Cristo.

Pablo recuerda a los colosenses que en el caso de ellos la reconciliación era ya cosa cumplida. Antes de la conversión de ellos, los colosenses habían sido pecadores de los gentiles, extraños de Dios y enemigos de Él en sus mentes, por causa de las malas obras que hacían (cf. Ef. 4:17, 18). Necesitaban desesperadamente ser reconciliados, y el Señor Jesús, en Su gracia incomparable, había tomado la iniciativa.

Los había reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte. No fue por Su vida, sino por Su muerte. La expresión su cuerpo de carne sencillamente significa que el Señor Jesús llevó a cabo la reconciliación muriendo en la cruz en un verdadero cuerpo humano (y no como un espíritu, como decían los gnósticos que Él era). Si se compara Hebreos 2:14–16, donde la Encarnación de Cristo es declarada una necesidad para poder efectuar la redención se notara a leguas. El concepto gnóstico negaba este extremo. El maravilloso resultado de esta reconciliación se expresa en las palabras para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él. ¡Qué maravillosa gracia, que unos impíos pecadores puedan ser librados de su malvada vida pasada y ser  llevados a un reino de tan grande bendición!

«En Cristo encontramos a un Dios que está cerca, solícito, compasivo y salvador». La plena eficacia de la reconciliación de Cristo con respecto a Su pueblo se verá en un día venidero cuando seamos presentados a Dios Padre sin pecado, mancha ni acusación alguna contra nosotros, y cuando, como adoradores, reconoceremos con gratitud y gozo a Cristo como Aquel que es digno (Ap. 5).

Ahora el Apóstol Pablo añade uno de los pasajes condicionales en si que han resultado muy desconcertantes para muchos hijos de Dios. Superficialmente, el versículo parece enseñar que la conservación de nuestra salvación depende de que permanezcamos en la fe. Si así fuera, ¿cómo podríamos conciliar este versículo con otras porciones de la palabra de Dios, como Juan 10:28, 29, que declaran que ninguna oveja de Cristo puede perecer jamás? Tratando de responder a esta cuestión, querríamos primero decir que la seguridad eterna del creyente es una bienaventurada verdad que está claramente expuesta en las páginas del NT. Sin embargo, las Escrituras también enseñan, como en este versículo, que la verdadera fe siempre tiene la cualidad de permanencia, y que aquel que haya nacido verdaderamente de Dios continuará fielmente hasta el fin. La permanencia es una prueba de realidad.

Naturalmente, hay siempre el peligro de recaídas, pero un cristiano cae sólo para volverse a levantar (Prov 24:16). No abandona la fe. El Espíritu de Dios ha considerado oportuno poner muchos de estos llamados pasajes «condicionales» en la palabra de Dios, a fin de desafiar a los que profesan el nombre de Cristo tocante a la realidad de su confesión. No querríamos decir nada que pueda embotar el acerado filo de estos pasajes. Como alguien ha dicho, «Los pasajes condicionales de la Escritura contemplan a los cristianos profesantes aquí en el mundo, y constituyen sanas pruebas para el alma».

Observando todo esto, el lector encontrará, con un cuidadoso estudio de la Palabra, que es hábito del Espíritu acompañar las más plenas y absolutas declaraciones de la gracia con advertencias que implican un ruinoso fracaso por parte de algunos que están nominalmente en la fe. … Advertencias que chocan duramente en los oídos de los insinceros profesantes son bebidos bien dispuestos como medicina por el alma piadosa. … El objetivo de esta enseñanza que tenemos aquí es alentar la fe, y condenar por anticipado a los irreflexivos y autoconfiados meros profesantes. Con los gnósticos indudablemente presentes en mente, el apóstol apremia a los colosenses a no moverse de la esperanza que acompaña al evangelio, o que el evangelio inspira. Ellos debían permanecer en la fe que habían aprendido de Epafras, fundados y firmes.

Una vez más Pablo se refiere al evangelio como proclamado en toda la creación que está debajo del cielo. El evangelio va a toda la creación, pero no ha alcanzado aún literalmente a toda criatura. Pablo está argumentando que la proclamación mundial del evangelio es un testimonio de su genuinidad. Ve en esto la evidencia de que es adaptable a las necesidades de la humanidad en todo lugar. Este versículo no significa que toda persona en el mundo de aquel tiempo había oído el evangelio. No era un hecho consumado, sino un proceso que estaba en marcha. Además, el evangelio sí había alcanzado a todo el mundo bíblico, esto es, el mundo del Mediterráneo.

Pablo se refiere a sí mismo como ministro, una palabra latina que significa sencillamente «siervo». No tiene nada de oficialidad en sí. No denota un cargo elevado, sino un humilde servicio. Para con ello dar a entender que el amo/cabeza de la iglesia es Jesucristo no un simple hombre mortal. Estamos para servirle, glorificarle y obedecerle.

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Me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos - Jud 1:3 (RVR).
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