13 sep. 2015

Alarde de grandeza | Reflexión

Josué 17 – 19   y   2 Corintios 9 – 10

Entonces los hijos de José hablaron a Josué, diciendo:¿Por qué me has dado sólo una suerte y una porción como heredad, siendo yo un pueblo numeroso que hasta ahora el SEÑOR ha bendecido? Y Josué les dijo: Si sois pueblo tan numeroso, subid al bosque y limpiad un lugar para vosotros allí en la tierra de los ferezeos y los refaítas, ya que la región montañosa de Efraín es demasiado estrecha para vosotros”, Josué 17:14-15.

La jactancia siempre ha sido un mal que nos impide ver en su correcta dimensión las proporciones de nuestra propia vida. La grandilocuencia del que poco ha hecho pero mucho ha dicho se desmorona cuando se le piden pruebas tangibles que justifiquen sus presunciones. Cuando es descubierto, el jactancioso se sujeta a algunos hechos casi anecdóticos que mágicamente son agigantados por la imaginación y las palabras altisonantes, pero que no soportan el peso de la realidad.

Nosotros sufrimos la falsa jactancia cada vez que contratamos a un “experto” que nos ha vendido con palabras sus capacidades profesionales y técnicas, pero no ha sido capaz de demostrarnos en la realidad y con hechos evidentes lo que tanto asegura con sus impresionantes palabras. De seguro te estás acordando de algún contador, ingeniero, electricista o plomero jactancioso, cuyo trabajo final no era de la misma calidad que la de su publicidad. De manera espiritual también sufrimos con la falsa jactancia del predicador elocuente que, desconectado de la Palabra y el evangelio, hace promesas que nunca se harán realidad porque están separadas del poder de Dios. La alabanza propia falsa, desordenada y presuntuosa siempre descansa sobre nubes de fantasía que nunca llegan a aterrizar en la dura pero visible realidad.
El problema con la falsa jactancia es, entonces, que las palabras o el discurso ejercen tal influencia que terminan superando a una realidad que no se parece, ni de cerca, a lo que se anuncia con palabras. Esto nos trae de vuelta a nuestra cercana realidad personal y nos llama la atención para evitar un discurso altisonante y falsamente jactancioso en nuestras vidas y, por el contrario, siempre tener una consciente y evaluada claridad de nuestra existencia que no nos permita vivir en un palacio en las nubes de nuestras palabras, mientras nuestra realidad es de total indigencia o destrucción.

¿Cómo curarnos de la falsa jactancia y del falso alarde grandeza? En la Biblia encontramos la receta para evitar la pedantería. Atacaremos los síntomas de la jactancia y propondremos en cada caso un remedio.

Primer síntoma: El pasaje del encabezado nos demuestra que los hijos de José se jactaban de ser numerosos y muy bendecidos por el Señor. El jactancioso siempre reclamará más y más para él porque se cree más grande de lo que realmente es. Los hijos de José, por ejemplo, reclamaban más tierras para ellos era aparente que lo que tenían no era suficiente. “Somos grandes Josué, ¡cómo nos das tan poco! ¡Merecemos más!”, parecen decir. No es malo que uno se sienta grande y bendecido por el Señor. El problema es que me jacte de algo y quiera más, sin siquiera demostrar que me la puedo con lo que tengo.

Esa es la razón por la que Josué usó el antídoto número uno anti-jactancia. Él les habló con fuerza a los hijos de José en el pasaje del encabezado para hacerlos despertar: “Si son tan grandes, demuestren que se la pueden con lo que tienen y no pretendiendo tener más”. Justamente, cuando uno evalúa públicamente la realidad del jactancioso, es cuando ellos podrían lograr pasar de su letargo engañoso a una correcta evaluación de su realidad. Así fue como contestaron los hijos de José al llamado de atención de José: “… No nos bastará a nosotros este monte; y todos los cananeos que habitan la tierra de la llanura, tienen carros herrados…”, Josué 17:16a,b. ¡Eureka! Ellos seguían afirmando (con verdad) que eran grandes, pero también se dieron cuenta de lo que requerían y de las dificultades que tendrían que pasar para conseguirlo. El antídoto empezaba a funcionar. Tengamos cuidado cuando trabajamos con algún jactancioso. No se trata simplemente de empezar a desacreditarlo por sus palabras, sino lograr que sus hinchados dichos se conviertan en oportunidades para confrontar su propia realidad y crecer en el proceso de hacer que haya concordancia entre lo que decimos, hacemos y somos.

Otro antídoto anti-jactancia e vincular al jactancioso con otros para poder encontrar un punto de referencia que les permita verse más allá de ellos mismos y realmente encontrar su justa medida. Por eso Josué insta a los hijos de José, pero no sólo a ellos, a no dejarse amedrentar por las dificultades: “Y habló Josué a la casa de José, a Efraín y a Manasés, diciendo: Eres un pueblo numeroso y tienes gran poder; no te tocará sólo una suerte, sino que la región montañosa será tuya. Porque aunque es bosque, la desmontarás, y será tuya hasta sus límites más lejanos; porque expulsarás a los cananeos, aunque tengan carros de hierro y aunque sean fuertes”, Josué 17:17-18. El jactancioso debe entender que hay muchos más en su misma situación y que lo que anhela es compartido por muchos más que podrían ayudarse mutuamente para conseguir sus anhelos.

Segundo síntoma: El jactancioso siempre tiene muchas palabras altisonantes y pocos actos que prueben la grandeza de sus palabras. El remedio es, una vez más, aterrizar por completo al jactancioso y buscar que entienda su real situación y que se ponga a trabajar, de una vez por todas, en establecer los objetivos que le permitan alcanzar realmente lo que solo ha mencionado con palabras. “Y quedaban siete tribus de los hijos de Israel que no habían repartido su heredad. Dijo, pues, Josué a los hijos de Israel:¿Hasta cuándo pospondréis el entrar a tomar posesión de la tierra que el SEÑOR, el Dios de vuestros padres, os ha dado? Escoged tres hombres de cada tribu, a quienes yo enviaré, y ellos se levantarán y recorrerán la tierra, y harán una descripción de ella según su heredad; entonces volverán a mí”, Josué 18:2-4a.

Muy poco lograremos si lo único que hacemos es confrontar al jactancioso con palabras sin llevarlos a la práctica. El antídoto está en demostrar la realidad alejada de las palabras y al mismo tiempo buscar qué hacer para resolver esta disparidad. Por ejemplo, si mi hijo se jacta de ser un as en el basquetbol y no sabe distinguir entre su mano izquierda y derecha, no basta con solo avergonzarlo en público por su presunción… ¡Debo inscribirlo en una escuela de basquetbol y llevarlo a que practique su juego conmigo todas las tardes! La jactancia cuando es confrontada se convierte en una oportunidad para poder llegar a ser lo que nunca he sido.

Tercer síntoma: Quejarse de ser incomprendidos por una sociedad que pareciera que les queda chica es un síntoma muy popular entre los jactanciosos. Muchos de ellos se sienten personas que no merecieron nacer en su época o lugar geográfico y por eso prefieren la comodidad evasiva de la crítica antes que la acción transformadora y el reconocimiento de una realidad común con muchos. El remedio sencillo radica en hacerles ver que la “pólvora” y la “Coca Cola” se inventaron hace ya muchos años y que existen muchas otras personas que pueden ser verdaderos referentes en el desarrollo de sus sueños aquí y ahora. Es por eso que el apóstol Pablo reconoce que no hay sabiduría en imaginar que “no hay nadie como yo”. Él le dijo a la iglesia de Corinto: “Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos y comparándose consigo mismos, carecen de entendimiento”, 2 Corintios 10:12.



Pablo le responde al jactancioso en Corinto mostrándole que no son únicos ni especiales, “Vosotros veis las cosas según la apariencia exterior. Si alguno tiene confianza en sí mismo de que es de Cristo, considere esto dentro de sí otra vez: que así como él es de Cristo, también lo somos nosotros”, 2 Corintios 10:7. Es precioso saber que estamos bajo el amparo amoroso de un Dios que no hace acepción de personas. Nuestro Dios espera que nos involucremos con nuestra realidad, que la entendamos con la misma precisión con la que tenemos un claro concepto de nosotros mismos. El saber que formamos parte de una realidad humana que todos compartimos (en lo bueno y en lo malo) es un buen antídoto contra la jactancia. A todos nosotros nos toca tomar el consejo de Pablo, sin importar donde estemos o qué creamos de nosotros, “…El que siembra escasamente, escasamente también segará; y el que siembra abundantemente, abundantemente también segará”, 2 Corintios 9:6. ¡No se trata de lo que digamos de nosotros, sino de lo que hacemos con nosotros!



Finalmente, y esto para los que se dicen cristianos, existe una sola posibilidad de jactancia. Esta es la que viene de la aprobación de Dios cuando nos sometemos a Él. Y si nos jactamos, nos jactaremos de la gracia de Dios y su poder derramado compasivamente en cada uno de nosotros. Eso es exactamente lo que dice el apóstol Pablo: “Pero EL QUE SE GLORIA, QUE SE GLORIE EN EL SEÑOR. Porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien el Señor alaba”,  2Corintios 10:17-18. Pero estas no son palabras fáciles ni vacías. Pablo se gloriaba en el Señor porque el Señor había operado un cambio grandioso en su vida. Ya no es el fariseo jactancioso del pasado que con palabras altisonantes alardeaba de su justicia. En la cruz de Cristo entendió que era un pecador, pero en el poder del Cristo resucitado pudo vivir una vida transformada.

Pablo fue curado de la falsa jactancia y llegó a ser un hombre donde sus palabras y hechos concuerdan: “…lo que somos en palabra por carta, estando ausentes, lo somos también en hechos, estando presentes”,2 Corintios 10:11.

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