8 dic. 2014

EL VERDADERO SIGNIFICADO DE LA CRUZ

EL VERDADERO SIGNIFICADO DE LA CRUZ 

El apóstol Pablo nos da su propia definición de la vida cristiana en la carta a los Gálatas 2:20: “… y ya no vivo yo, mas… Cristo…” El Apóstol Pablo no declara aquí nada especial ni singular, es decir, un nivel mas elevado del cristianismo. Creemos que esta presentando la norma de DIOS para un cristiano, lo que puede resumirse en las palabras: “ya no vivo yo, mas Cristo vive su vida en mi.” Dios aclara bien en su palabra, la que tiene una sola respuesta a toda necesidad humana: su Hijo Jesucristo. 

Nos ayudara muchísimo y nos librara de gran confusión el mantener constantemente delante de nosotros el hecho de que Dios contestara a todas nuestras preguntas de la misma manera, es decir: revelándonos cada vez más a su Hijo. Lo primordial es que tengamos un conocimiento básico del hecho de la muerte en la cruz del Señor Jesús como nuestro sustituto, y una clara comprensión de la eficacia de su sangre en lo que hace a nuestros pecados, porque sin estas premisas no podemos pretender iniciar nuestro camino. Solamente en la medida en que el Espíritu Santo me haga conocer a mi el valor que para Dios tiene la sangre de Jesús, podre yo entrar a sus beneficios y descubrir cuan preciosa es, de veras, aquella sangre para mi. Hay vida en la sangre, y esa sangre tiene que ser vertida por mí, por mis pecados. Es Dios quien pide que así sea. 

Es El quien exige que la sangre sea presentada a fin de satisfacer su propia justicia, y El mismo dice: “ … y veré la sangre y pasare de vosotros… “ (Ex12:13). La sangre de Cristo da plena satisfacción a Dios. El Espíritu Santo me hace conocer ahora el valor que Dios da a la sangre de Cristo de la cual yo soy beneficiario, y así descubro cuan preciosa es la sangre para mi.Como es aquí donde encontramos dificultades, cuando éramos incrédulos, probablemente nunca habíamos sido inquietados por nuestra conciencia hasta entonces había estado muerta. Y los que tienen conciencia muerta no son de utilidad alguna para Dios. Pero mas tarde, cuando creímos, nuestra conciencia al despertar pudo haberse tornado sumamente sensible, lo que también puede, por su parte, un grave problema para nosotros. Es cuando el sentido al pecado y de la culpa llega a ser tan terrible que puede hacernos perder la vista verdadera de la sangre de Jesús. Cuando nos parece que nuestros pecados son tan reales – y quizá algún pecado especial nos llega a molestar mucho que terminamos por ocuparnos más de nuestros pecados que de la sangre de Jesús que los los redime.Ahora bien, la dificultad de todo ello reside en nuestro intento de parparlo. 

Tratamos de conocer de forma subjetiva lo que la sangre es para nosotros y sentir su valor. Pero no podemos hacerlo; ella no cobra esa forma. La sangre es, en primera estancia, para ser apreciada por DIOS. Después, lo que nos resta a nosotros es aceptar la estima con que DIOS la valora. Al hacerlo así, hallaremos nuestra propia valoración de la sangre. Si lo intentamos por vía de nuestros sentimientos, no llegaremos a nada, nos quedaremos a oscuras. De modo que no es así, sino que se trata de fe en la Palabra de Dios. Tenemos que creer que la sangre es preciosa para Dios porque El lo dice (1 Ped 1:18-19). Si Dios puede aceptar la sangre como pago por nuestros pecados y como el precio de nuestra redención, luego podemos estar seguros de que la deuda ha sido saldada. Si Dios esta satisfecho con la sangre, entonces la sangre tiene que ser aceptable. 

Nuestra valoración depende de la suya, ni más ni menos. No puede ser mayor ni debe ser menor. Recordemos que El es Santo y Justo, y que un Dios santo y justo tiene el derecho de decir que la sangre es aceptable a sus ojos y que le ha satisfecho plenamente.Pero ocurre en la práctica que nosotros aceptamos muy fácilmente la acusación de Satanás. La razón de ello esta en que aun nos aferramos a la esperanza de tener alguna justicia propia en nosotros mismos. La base de esta esperanza esta errada. Satanás ha logrado desviar nuestra vista. Con ello ha ganado ventaja, haciéndonos ineficaces. 

Pero si nosotros hemos aprendido a no poner confianza alguna en la carne, no nos sorprenderemos al pecar, porque la naturaleza misma de la carne es hacer pecado. Es por no haber llegado a comprender nuestra verdadera naturaleza, y por no ver cuan inútiles somos, que aun sustentamos cierta desconfianza en nosotros mismos, lo que da como resultado que cuando Satanás viene y nos acusa sucumbimos.Dios es poderoso para tratar con nuestros pecados; pero no puede hacerlo con un hombre que acepta la acusación de Satanás, porque el tal no esta confiando en la Sangre de Jesús. La sangre habla en nuestro favor, pero a veces estamos más atentos a lo que Satanás dice. Cristo es nuestro abogado, pero nosotros, los acusados, tomamos parte por el acusador. No hemos llegado a admitir que merecemos únicamente la muerte; y que, como veremos, servimos solo para ser crucificados. No hemos llegado a reconocer que solo Dios puede contestar al acusador y que El lo ha hecho ya en la Sangre de Jesús.
La Cruz de Cristo Así vemos que, en forma objetiva, la sangre trata con nuestros pecados. El Señor Jesús los ha cargado, llevándolos en la cruz por nosotros como substituto nuestro, habiendo logrado así para nosotros el perdón, la justificación y la reconciliación. Pero debemos avanzar un paso más en el plan de DIOS para entender como procede El con el principio del pecado en nosotros. La sangre puede lavar mis pecados, pero no puede lavar mi “viejo hombre”. Para eso es necesaria la cruz, para que el (yo), o sea la naturaleza caída de Adán en mí sea crucificada, por ello es tan importante la cruz. Nosotros estamos siempre dispuestos a creer que efectivamente lo que hemos hecho es muy malo, pero nosotros mismos no lo somos tanto. Dios, por su parte, se empeña en mostrarnos que nosotros mismos somos malos, radicalmente malos. La raíz del problema es el pecador mismo; por tanto, hay que proceder con el. La sangre trata con nuestros pecados, pero la cruz debe tratar con el pecador. La sangre procura el perdón por lo que hemos hecho; la cruz procura nuestra liberación de lo que somos. 

En los primeros cuatro capítulos de Romanos apenas acurre la palabra “Pecador”. Ello se debe a que allí no se tiene en vista al pecador mismo sino a los pecados cometidos. La palabra “pecador” recién se destaca en el capítulo 5, y es importante observar como se introduce allí al pecador. Notemos que en este capítulo un pecador es llamado así porque nace pecador, no por que haya cometido pecados. La distinción es importante. Ya que la enseñanza del Libro de Romanos no es que somos pecadores por que pecamos, sino de que pecamos porque somos pecadores. Somos pecadores por constitución más bien que por acción. Como se expresa en (Romanos 5:19)… como fuimos constituidos pecadores? Por la desobediencia de Adán, no nos convertimos en pecadores por lo que hemos hecho, sino por lo que Adán hizo y llego a ser. Eje…yo hablo inglés pero no soy inglés. Yo soy hispano.
Hay una pregunta sencilla y que casi todos por cauda de no conocer la palabra contestan igual y es esta, que es un pecador? La respuesta común es esta: “uno que peca”. Si, es verdad, el que peca es un pecador; pero el hecho de que peque no es la causa sino solo la evidencia de que ya es pecador. Uno que peca ya es pecador, pero si uno pudiera vivir sin pecar igualmente seria pecador, puesto a que tiene en si mismo la naturaleza caída de Adán y necesita la redención. Hay pecadores buenos y pecadores malos, hay pecadores morales y pecadores corruptos pero de igual manera todos son pecadores. A veces pensamos que, con tal de no haber incurrido en ciertas cosas, todo esta bien; pero el problema reside en mas hondo que en aquello que hacemos; radica en lo que somos. 

Lo que cuenta es lo que somos por nacimiento. Así, pues, yo soy, pecador por que nací en Adán. No es asunto de mi conducta, sino de mi herencia, de mi origen. Yo no soy pecador por que peco sino por que nací de la mala estirpe. Peco por que soy pecador. Además, no puedo hacer nada para cambiar eso. Nada por mejorar mi comportamiento; no puedo dejar de ser Adán y, por lo tanto, pecador. En (Romanos 5:19) no solo nos habla en respecto a Adán, sino también algo tocante a Jesús: “porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos fueron llamados justos.” En este verso es notable la gracia de Dios que contrasta el pecado, y la obediencia de Cristo se contrapone a la desobediencia de Adán. En Adán recibimos todo lo que es de Adán; en Cristo recibimos todo lo que es de Cristo. Luego se nos ofrece una nueva posibilidad. En Adán todo se perdió. 

Por la desobediencia de un hombre fuimos hechos pecadores. Por el entro el pecado y por el pecado la muerte; desde ese día en adelante y a través de toda la raza, el pecado ha reinado para muerte. Pero ahora un rayo de luz ilumina la escena. Por medio de la obediencia de otro nosotros podemos ahora ser constituidos Justos. Donde el pecado abundo, sobre abundo la gracia, y así como el pecado reino para muerte, así también puede reinar la gracia por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, nuestro Señor (Romanos 5:19-21). Nuestra desesperación esta en Adán; nuestra esperanza en Cristo.

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Me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos - Jud 1:3 (RVR).
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