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23 ago 2015

LA RELACIÓN DEL CREYENTE CON LA LEY

LA RELACIÓN DEL CREYENTE CON LA LEY


"Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido - Mt 5:16-18 (RVR)".



La mayoría de los líderes revolucionarios rompen todos los vínculos con el pasado y repudian el orden tradicional existente. No así con el Señor Jesús. Él reafirmó la Ley de Moisés e insistió en que debía ser cumplida. Jesús no había venido a abrogar la ley o los profetas … sino para cumplir. Insistió con claridad que ni una jota ni una tilde pasarían de la ley hasta que todo se hubiese cumplido totalmente. La jota, o yod, es la letra más pequeña del alfabeto hebreo; la tilde es un pequeño trazo o proyección que sirve para distinguir una letra de otra, de una manera semejante a como el trazo inferior de la mayúscula la distingue de la F mayúscula. Jesús creía en la inspiración literal de la Biblia, incluso en lo que pudiesen parecer pequeños detalles carentes de importancia.

Nada en la 
Escritura, ni el más pequeño trazo, carece de importancia. Es importante observar que Jesús no dijo que la ley jamás pasaría. Dijo que no pasaría hasta que todo fuese realizado. Esta distinción tiene consecuencias para el creyente hoy, y por cuanto la relación del creyente con la ley es algo compleja, necesitaremos dedicar un cierto tiempo a sumarizar la enseñanza de la Biblia acerca de este tema.



La ley es el sistema legislativo que fue dado por Dios por medio de Moisés a la nación de Israel. Todo el cuerpo de la ley se encuentra en Éxodo 20–31, Levítico y Deuteronomio, aunque su esencia está incorporada en los Diez Mandamientos. La ley no fue dada como medio de salvación (Hch. 13:39; Ro. 3:20a; Gá. 2:16, 21; 3:11); tenía el propósito de hacer patente a la gente su pecaminosidad (Ro. 3:20b; 5:20; 7:7; 1 Co. 15:56; Gá. 3:19) y luego conducirlos a Dios para Su salvación en gracia. Fue dada a la nación de Israel, aunque contiene principios morales que son válidos para los hombres en toda época (Ro. 2:14, 15). Dios puso a prueba a Israel bajo la ley como muestra de la raza humana, y la culpa de Israel demostró la culpa del mundo (Ro. 3:19).



La ley conllevaba la pena de muerte (Gá. 3:10), y quebrantar un sólo mandamiento era hacerse culpable de toda ella (Stg. 2:10). Por cuanto el pueblo había quebrantado la ley, se encontraban bajo la maldición de la muerte. La justicia y santidad de Dios demandaba que la sentencia fuese cumplida. Y es por esta razón que vino Jesús al mundo: para pagar la pena por Su muerte. Murió como Sustituto en lugar de los culpables transgresores de la ley, aunque Él mismo era sin pecado. No echó la ley a un lado, sino que cumplió todas las demandas de la ley cumpliendo sus estrictas demandas en Su vida y en Su muerte. De esta manera, el evangelio no descarta la ley; respalda la ley y muestra cómo las demandas de la ley han sido totalmente satisfechas por la obra redentora de Cristo.

Por ello, la persona que confía en Jesús ya no está bajo la ley; está bajo la gracia (Ro. 6:14). Está muerta a la ley mediante la obra de Cristo. La pena de la ley ha de ser pagada sólo una vez; por cuanto Cristo ha pagado la pena, el creyente mismo no ha de pagarla. Es en este sentido que la ley se ha desvanecido para el cristiano (2 Co. 3:7–11). La ley fue un tutor hasta que vino Cristo, pero después de la salvación, este tutor ya no es necesario (Gá. 3:24, 25). Sin embargo, aunque el cristiano no está bajo la ley, no significa que está sin ley. Está ligado por un vínculo más fuerte que el de la ley porque está bajo la ley de Cristo (1 Co. 9:21). Su conducta está moldeada no por el temor del castigo, sino por un amante deseo de agradar a su Salvador. Cristo ha venido a ser su norma de vida (Jn. 13:15; 15:12; Ef. 5:1, 2; 1 Jn. 2:6; 3:16).

Una pregunta frecuente en una discusión sobre la relación del creyente con la ley es: «¿He de obedecer los Diez Mandamientos?». La respuesta es que ciertos principios contenidos en la ley son de un valor permanente. Es siempre malo hurtar, codiciar o cometer asesinato. Nueve de los Diez Mandamientos se repiten en el NT, con una distinción importante: y es que no se dan como ley (esto es, con una pena correspondiente), sino como instrucción en justicia para el pueblo de Dios (2 Ti. 3:16b). El mandamiento que no se repite es el de la ley del Sábado: a los cristianos jamás se les instruye a que guarden el Sábado (esto es, el séptimo día de la semana). El ministerio de la ley a las personas no salvadas no ha acabado: «Pero sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente» (1 Ti. 1:8). Su uso legítimo es producir el conocimiento de pecado, y llevar de esta manera al arrepentimiento. 

Pero la ley no es para los que ya son salvos: «La ley no fue puesta para el justo» (1 Ti. 1:9). La justicia demandada por la ley es cumplida en aquellos que «no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Ro. 8:4). De hecho, las enseñanzas de nuestro Señor en el Sermón del Monte establecen una norma más elevada que la que establece la ley. Por ejemplo, la ley dice: «No matarás». Jesús dijo: «Ni aun odies». De modo que el Sermón del Monte no sólo mantiene la Ley y los Profetas, sino que los amplifica y
desarrolla sus más profundas implicaciones.

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Me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos - Jud 1:3 (RVR).

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