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21 sep. 2019

Video: ¿Que idioma hablaba Jesús?





El idioma de Jesús 
¿Griego, Hebreo, Latín o Arameo?


“Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi” - Marcos 5:41.

Introducción

En el siglo I d.C. en los territorios en los que habitaban los judíos se hablaban bastantes lenguas diferentes. Lo mismo ocurría en gran parte del Oriente Medio de la época, pero, en los territorios judíos al parecer la situación lingüística era todavía más variada a causa de su ubicación central en el cruce de diferentes rutas comerciales y a causa de la agitada historia del pueblo judío.

Aquí hay algo más en juego que el mero interés histórico. Por lo general no se rebate que Jesús y sus discípulos dominaban el arameo. Pero si su conocimiento de lenguas se limitaba solo a esta lengua, las palabras de Jesús del N.T se nos han transmitido únicamente en en una traducción (griega), cuya fiabilidad no podría haber sido controlada por los testigos oculares más importantes. Además, si los hermanos y discípulos de Jesús únicamente hablaban hebreo o arameo, ¿quién escribió los libros (griegos) que constan a su nombre?

Para comprender bien el tema es importante estudiar, después de algunas aclaraciones introductorias, las diferentes lenguas que se hablaban entre los judíos del siglo I. d.C., además de las relaciones entre estas. Cabe aclarar que para lograr una sana conclusión sobre el tema es sumamente necesario dejar a un lado las lenguas que se hablaban mayoritariamente en países vecinos (como p.ej. el nabateo) y que entre los judíos jugaban apenas un papel secundario (limitado si acaso a los territorios fronterizos). En base a la reconstrucción de la relación que guardaban las diferentes lenguas entre sí, se puede reflexionar sobre las lenguas que habrían hablado Jesús y sus discípulos.

Puntos de partida metódicos

Antes de estudiar las lenguas propiamente dichas, es necesario mencionar algunos factores de partida metódicos que se deben tener en cuenta al hacer un análisis y que provienen principalmente de la investigación lingüística moderna.
El primer factor que debe considerarse es que se poseen únicamente datos limitados. Lo que se logra saber de la situación lingüística de los judíos del siglo primeroes conocido gracias a las referencias hechas en obras literarias de la Antigüedad y por hallazgos arqueológicos. Los datos con los que contamos se refieren, pues, principalmente a la lengua escrita. Son muy pocas las ocasiones en que se registra por escrito la lengua hablada. La única manera por la cual podemos sacar conclusiones sobre la lengua hablada por los judíos es razonando en base a lo que se ha puesto por escrito y compararlo cuidadosamente con lo que sabemos sobre su lengua en general. Partiendo de coincidencias con la situación moderna, parece lógico asumir que las lenguas que se hablaban en los territorios judíos tenían diferentes dialectos (Mateo 26:73), pero la información que se posee al respecto es demasiado escasa como para sacar conclusiones concretas.

El segundo factor que debemos tener en cuenta es el marco temporal. Una lengua evoluciona y se desarrolla, y en una sociedad plurilingüe las relaciones entre las diferentes lenguas pueden cambiar a lo largo del tiempo gracias a los modismos, y sobre todo en épocas de revuelo religioso, moral y político. Por otro lado, las lenguas se desarrollan de manera mucho más rápida que en la Antigüedad, sobre todo a causa de los medios modernos de comunicación. Por lo general se asume que la situación lingüística no sufrió muchos cambios en el período entre los años 200 a.C. y 135 d.C. (con la excepción de la llegada del latín), es decir, desde algunas décadas antes de la época de los macabeos hasta el final de la Rebelión de Bar Kojba. Dado que después de esta rebelión (132-135 d.C.) los romanos llevaron a cabo cambios decisivos en la composición de la población en los territorios judíos, no podemos aplicar sin más los datos de épocas posteriores al tiempo del NT. 

Para poder seguir y entender los desarrollos históricos que llevaron a la situación lingüística de inicios de nuestra era, también es importante estudiar épocas anteriores, aunque sin tomarlas como representativas para el período del NT.

El tercer factor es que la investigación lingüística moderna ha demostrado que dentro de un país – especialmente cuando en éste se hablan más de una lengua –pueden darse diferencias regionales en la lengua usada. Por lo tanto, no se puede asumir de antemano que la situación lingüística de Galilea fuera igual a la de Judea o la de Jerusalén, sino que debemos tener en cuenta la diversidad geográfica para poder evaluar los datos que se poseen.

Un cuarto factor, en parte relacionado con la diversidad geográfica, es el de la diversidad social. Del ámbito de la sociolingüística resulta que existen diferencias en el uso de la lengua entre las diferentes clases sociales. Para nosotros, esto implica que tenemos que tener en consideración que el uso de la lengua de la élite política y/o religiosa podía diferir del judío promedio y clase media.



Aunque en la investigación lingüística de cualquier sociedad los factores sociales son importantes, lo son todavía más en comunidades plurilingües. En éstas vemos frecuentemente que la elección de una persona de comunicarse en una u otra lengua está determinada en gran parte por el grupo con el que se identifica. Si uno quiere, por ejemplo, acentuar la propia identidad étnica, por lo general estará inclinado a emplear la lengua autóctona del pueblo. Si uno aspira, por el contrario, a una posición social de alto rango, elegirá usar la lengua que disfrute de más prestigio. Obviamente, hasta qué punto juegan un papel los factores sociales depende de la situación lingüística de cada lugar y de la valoración de las diferentes lenguas, pero no podemos descartar estos factores de antemano.

Teniendo estos puntos de partida en mente, es interesante observar más de cerca las cuatro lenguas que se hablaban a principios del siglo I en los territorios judíos y, en base a esto, llegar a una visión de la situación lingüística en tiempos del NT.

Latín

Con la toma de Jerusalén por los romanos en el año 63 a.C. se introdujo en la región también la lengua de los conquistadores: el latín. Muchos objetos hallados en excavaciones arqueológicas contienen palabras u oraciones en latín. Encontramos esta lengua, por ejemplo, en inscripciones en edificios o acueductos romanos, en tumbas de soldados romanos que murieron en Judea y en la vajilla de una legión romana estacionada, por orden de Nerón, en Ptolemaida.

La inscripción latina más conocida que se ha encontrado nombra a Poncio Pilato y lo señala como el prefecto de la provincia de Judea. Se trata de una inscripción que originariamente se debió haber encontrado sobre un edificio en Cesarea, que Pilato habría hecho construir en honor al emperador Tiberio, cuyo nombre llevaba. Visto que Pilato fue prefecto de Judea desde el año 26 hasta el año 36 d.C., esta pieza debe datar de este período.

Además, el latín lo encontramos en inscripciones escritas en diferentes lenguas que informaban de resoluciones oficiales de las autoridades romanas. Así, en el templo se habían colocado advertencias tanto en griego como en latín de que se daría muerte a cualquier no-judío que penetrara en el patio interior del templo (Josefo, BJ 5,194; comp. Ant. 15,417). También otras decisiones romanas referentes a los judíos se anunciaban en ocasiones en estas dos lenguas, griego y latín (Josefo, Ant. 14,190). Además, leemos sobre la inscripción de la cruz de Jesús que, por orden de Pilato, estaba escrita en varias lenguas: hebreo o arameo, latín y griego (Juan 19:19-20).

De estos datos se deduce que el latín no era desconocido en los territorios judíos en la época del NT. Sin embargo, son unos datos relativamente parcos, por lo que esta lengua no debió haber tenido un papel muy importante. De estos datos surge la impresión de que el latín era usado solamente por y para los romanos, pero que no se tenía la intención de usarla para comunicar con la población judía misma. Esta impresión es confirmada por el dato de que, cuando los judíos se comunicaban con los romanos, lo hacían en griego (Hechos 21:37), como era habitual en las provincias romanas de fuera de Italia.

De todo esto podemos deducir que el latín no habrá tenido un papel de importancia entre los judíos y que es muy probable que muchos judíos no dominaran esta lengua.

Hebreo

El hebreo pertenece al grupo de las lenguas semíticas noroccidentales, entre las que se encuentra también el arameo. Probablemente, el hebreo se desarrolló a partir de la lengua cananea que se encontraron los israelitas en su toma de Canaán (Deuteronomio 26:5) por lo tanto se deduce que los israelitas antes de la entrada a Canaán hablaron presumiblemente un dialecto del arameo antiguo.
De las excavaciones se desprende que en la época de los reyes (aprox. 1000-586 a.C) existían diferentes dialectos del hebreo, pero que para las obras literarias – entre las que se encuentran los libros bíblicos de ese período – se utilizaba el hebreo tal y como se hablaba en época de David y Salomón en la corte real. A lo largo de todo este período esta forma del hebreo no sufrió muchos cambios, probablemente gracias a la influencia de escuelas y de escritores. Las diferencias dialectales tempranas las encontramos reflejadas en el texto del AT, concretamente en Jueces 12:6, de cuyo versículo se desprende que en Efraín, al contrario que en Galaad, la palabra shibolet se pronunciaba como sibolet.



Con respecto al período de los reyes, los lingüistas establecen una diferencia entre un dialecto del norte (hablado en Israel) y uno del sur (hablado en Judea). Se conservan ejemplos del dialecto septentrional en inscripciones de un calendario agrario de Guézer (950 a.C. aprox.) y en fragmentos hallados en un edificio anexo del palacio real de Samaria, procedentes del siglo octavo a.C. El dialecto meridional, que muestra grandes coincidencias con el hebreo usado en la Biblia, lo encontramos en una gran cantidad de fragmentos con datos administrativos de Arad (siglos 9-6 a.C.), en la inscripción en el túnel de Siloé (700 a.C. aprox.) y en las llamadas Cartas de Lachis (poco antes de 587 a.c.), una colección de fragmentos de cerámica con textos de cartas (aparentemente de correspondencia militar), habitual en aquella época.

Después de la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor en 587/586 a.C., la élite judía fue enviada al exilio a Babel. En el territorio judío sólo quedaron algunas personas pobres y analfabetas (Jeremías 52:16). Éstas personas no dominaban el hebreo estándar, sino que hablaban dialectos hebreos y, en medida creciente (sobre todo en el territorio fronterizo), también el arameo, entre otras cosas como consecuencia de matrimonios con gente no-judía. A partir del año 538 a.C. el pueblo que empezó a volver del exilio tuvo que hacer frente a la situación de que muchos de los judíos que no habían sido enviados al exilio ya no hablaban hebreo, una situación contra la cual actuó Nehemías (Nehemias 13:24). Los textos escritos en este período revelan más influencia del arameo y contienen formas gramaticales que eran desconocidas en el hebreo antiguo.

Aunque en el pasado se creyó que después del exilio el hebreo se había convertido en una lengua muerta que no tenía ya ningún papel en la vida cotidiana y que sólo se utilizaba para fines religiosos, se han hallado evidencias arqueológicas que muestran lo contrario.

Los rollos del Mar Muerto están escritos en su mayor parte en hebreo (además de una parte que está en arameo, y una minoría en griego). Los textos hebreos muestran una gran variedad estilística en cuanto al lenguaje, lo que señala que en la época en que se escribieron los manuscritos (300 a.C.-68 d.C. aprox) el hebreo no era una lengua muerta. Hay también hallazgos arqueológicos de otros tipos que señalan en esta dirección. En las excavaciones de la formación rocosa de Masada se hallaron macetas de cerámica con inscripciones hebreas de en torno al año 70 d.C. Además, en Jerusalén y sus alrededores se han encontrado diversas inscripciones hebreas de inicios de nuestra era. También se han conservado monedas con símbolos judíos y letras hebreas de la época de la Guerra de los Judíos (66-70 d.C.) y la Rebelión de Bar Kojba (132-135 d.C.) – monedas que se han conservado de otras épocas contienen inscripciones griegas. También en excavaciones en las cuevas de Wadi Murabba’at y en Nahal Hever se hallaron diversas cartas escritas en hebreo que deben ser fechadas en la época de la Rebelión de Bar Kojba (132-135 d.C.) y que en parte provenían de la correspondencia de Bar Kojba mismo. Especialmente a partir de estas cartas – aunque también a partir de una carta de los Manuscritos del Mar Muerto (4QMMT) – podemos deducir que el hebreo no sólo se usaba como lengua escrita, sino que también funcionaba de forma oral. Con esta afirmación podemos asumir además que las discusiones entre los rabinos sobre la explicación de la ley habrían tenido lugar en hebreo, la misma lengua en que posteriormente serían puestas por escrito en la Mishná.

Si juntamos todos estos datos, podemos concluir que el hebreo era utilizado a principios del siglo I para obras literarias, pero que funcionaba también (en cualquier caso entre las personas que habían recibido una formación) como una lengua hablada. Esto último era especialmente el caso en discusiones con respecto a la ley y, al parecer, también en el oficio en el templo. Además, es posible que en épocas de mayor avivamiento del nacionalismo judío, se hiciera más uso del hebreo que en otras épocas, aunque esto sea algo que, por los escasos datos que se poseen, no podamos afirmar con seguridad. Sin embargo, de la distribución del material arqueológico sí podemos concluir que el hebreo tenía entre el pueblo judío un lugar significativamente menor que el arameo y el griego (Esto derrumba la errada idea de que el N.T fue escrito en hebreo). Como lengua hablada, el hebreo, además de para discusiones sobre la ley, se utilizaba probablemente en círculos elitistas en Judea y en el movimiento nacionalista de Bar Kojba, cuyo centro estaba también en Judea. Aunque es plausible pensar que también en Galilea las discusiones sobre la ley judía eran en hebreo (mishná), tenemos la impresión de que el hebreo tenía en Galilea un lugar considerablemente menos importante que en Judea.

Durante los siglos en torno al inicio de esta era, el hebreo se siguió desarrollando como lengua. Diferenciamos en este período dos tipos de hebreo: 
1) el hebreo bíblico tardío. 
2) el hebreo mishná, que hasta mediados del siglo XX sólo conocíamos de la Mishná (la tradición oral judía puesta por escrito en torno al año 200 d.C.). 

Actualmente, muchos estudiosos están de acuerdo en que el hebreo bíblico tardío se utilizaba mayormente como lengua literaria, mientras que la variante del hebreo mishná funcionaba principalmente como lengua hablada.
Los textos hebreos de los manuscritos del Mar Muerto están en su mayor parte escritos en un hebreo relacionado al que conocemos de la Biblia, a pesar de que existen grandes variaciones estilísticas entre los textos. Por ejemplo, en el escrito Cánticos del sacrificio sabático (4QShirShab) encontramos una lengua muy filosófica, casi mística, mientras que el Rollo del templo (11Q19 y 11Q20), por ejemplo, presenta un hebleo relativamente llano. Un texto cuyo hebreo está estrechamente relacionado con la variante mishná es los preceptos de la Torá (4QMMT), una epístola o tratado sobre diferencias en la interpretación de las reglas de la ley judía.

También El rollo de cobre (3Q15), llamado así porque el texto está grabado sobre planchas de cobre, está escrito en hebreo mishná. Si bien este rollo fue hallado en una de las cuevas de Qumrán, no está claro qué tipo de conexión existe con el resto de los manuscritos, si es que hay alguna conexión. Este rollo contiene las ubicaciones de tesoros ocultos (reales o ficticios) y por lo que parece data de la Guerra de los Judíos (66-70 d.C.) o quizás de la Rebelión de Bar Kojba (132-135 d.C.). Como se ha dicho, está escrito en hebreo mishná y ya no en el hebreo bíblico tardío, más literario, probablemente porque el autor quiso tomar las palabras exactas de aquellos que le habían informado sobre los tesoros.



Entre las inscripciones hebreas halladas se encuentra una proveniente de la esquina sudoeste del templo de Herodes. Esta inscripción marca el lugar en el que un sacerdote tocaba el shofar al inicio y al final del día del sábado. Además, se han encontrado dos epitafios (escritos en hebreo mishná) en los alrededores de Jerusalén. Uno de éstos se encuentra sobre la tumba en la que estarían enterrados al menos seis sumos sacerdotes (todos del siglo I d.C.) de la estirpe de Boecio; el otro está sobre la tumba de alguien ‘de la casa de David’.

Los textos de las cuevas de Murabba’at y Nahal Hever están escritos parcialmente en griego, parcialmente en arameo y parcialmente en hebreo. En lo que se refiere a los textos hebreos, éstos pertenecen todos a la variante del hebreo mishná. Todos los hallazgos mencionados, por cierto, se llevaron a cabo en Judea. De los demás territorios judíos no se tienen hasta el día de hoy ningún dato arqueológico fijo que demuestre el uso de la lengua hebrea.

Arameo

Ya desde el período asirio tardío (720 a.C. aprox.) había judíos que conocían el arameo, que funcionaba en aquella época como lengua de la diplomacia internacional (2 Reyes18:26; Isaías 36:11). Aunque el arameo en aquel tiempo estaba formado todavía por varios dialectos diferentes, un arameo estándar se fue desarrollando lenta pero firmemente. En el Imperio persa (538-332 a.C. aprox.), al que pertenecía la región de Judá, este arameo estándar se convirtió en la lengua oficial fuera del territorio de Persia mismo, de modo que como mínimo la élite judía de Judá (aunque probablemente también una gran parte del resto de la población) habría hablado este idioma.... Si desea leer el artíiculo completo (Pulse aquí).




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