9 mar. 2015

Un análisis contextual a 1 Pedro 3:1-6

Un análisis contextual a 1 Pedro 3:1-6

Por: Dr. Félix Muñoz


“Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa. Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza – 1 Ped 3:1-6 (RVR)”.

Pedro ha subrayado la obligación de los cristianos a someterse al gobierno humano y a los amos terrenales. Ahora presenta la sumisión de las mujeres a sus maridos. Cada mujer debe estar sometida a su marido, tanto si éste es creyente como si no. Dios ha dado al hombre el puesto de cabeza, y es Su voluntad que la mujer reconozca la autoridad del hombre. La relación entre marido y mujer es una imagen de la que hay entre Cristo y la iglesia. La mujer debería obedecer a su marido del mismo modo que la iglesia debería obedecer a Cristo.

Esto es considerado como pasado de moda en nuestra sociedad. Las mujeres están ascendiendo a puestos de autoridad sobre los hombres, y nuestra sociedad se está volviendo más y más matriarcal. En muchas iglesias, las mujeres parecen más activas y dotadas que los hombres. Pero la palabra de Dios se mantiene. El orden divino es que el hombre es cabeza. No importa lo razonables que puedan parecer los argumentos, en último término sólo habrá problemas y caos como resultado de la usurpación de la autoridad sobre el hombre por parte de la mujer.



Incluso cuando el marido de una mujer sea incrédulo, ella debería respetarlo como su cabeza. Esto será para él testimonio de la fe de ella en Cristo. Su conducta como esposa obediente, amante y devota puede ser empleada para ganarlo para el Salvador. Y puede ganarlo sin palabra. Eso significa que la esposa no tiene que estar predicando constantemente a su marido. Es posible que se haya hecho mucho mal por parte de esposas que han regañado a sus maridos acerca del evangelio, forzándolo sobre ellos. El énfasis aquí cae en que la esposa gane a su marido viviendo a Cristo a diario delante de él. Pero supongamos que un marido interfiere con su esposa en su vida cristiana. ¿Qué debería hacer ella, entonces? Si le exige que desobedezca un claro mandamiento de la Escritura, entonces ella debe desobedecer a su marido, y ser fiel al Señor. Sí, no obstante, el asunto involucra un privilegio cristiano y no un claro deber, debería estar sujeta a su marido y abandonar el privilegio.

Cuando Pedro se refiere a una mujer cristiana con un marido pagano, no por ello aprueba a una creyente que se case con un incrédulo. Ésta nunca es la voluntad de Dios. El apóstol está aquí tratando primariamente de los casos en los que la esposa ha sido salva después de su matrimonio. Su obligación es someterse, incluso a un marido no creyente.

El marido incrédulo puede llegar a quedar impresionado ante la conducta casta y respetuosa de su mujer. El Espíritu de Dios puede usar esto para llevarlo a convicción acerca de su propia pecaminosidad, y puede llegar a la fe en Cristo.

George Müller hablaba de un rico alemán cuya mujer era creyente devota. Este hombre era un gran bebedor, y pasaba el tiempo hasta muy adentrada la noche en la taberna. Ella enviaba a las criadas a la cama, se quedaba en vela hasta que volvía, lo recibía cariñosamente, y nunca le recriminaba ni se quejaba. Algunas veces incluso tenía que desvestirle y ponerlo en la cama.

Una noche en la taberna, el hombre dijo a sus compinches: «Estoy seguro de que si vamos a casa, mi mujer estará sentada esperándome. Vendrá a la puerta, nos dará una regia bienvenida e incluso nos hará la cena, si se lo pido».



Al principio no se lo creían, pero decidieron acompañarlo para verlo. Y desde luego, salió a la puerta, los recibió cortésmente, y estuvo bien dispuesta a hacerles la cena sin la menor muestra de resentimiento. Después de servirlos, se fue a su dormitorio. Tan pronto como hubo salido, uno de los hombres comenzó a condenar al marido. « ¿Qué clase de hombre eres tú, que tratas tan miserablemente a una mujer tan buena?» El acusador se levantó sin terminar la cena y salió de la casa. Otro hizo lo mismo, y otro, hasta que todos se fueron sin comer.

A la media hora, el marido cayó bajo una profunda convicción de su maldad, y especialmente de su desalmado trato de su mujer. Fue al dormitorio de su mujer, le pidió que orase por él, se arrepintió de sus pecados y se entregó a Cristo. Desde aquel momento vino a ser un devoto discípulo del Señor Jesús. ¡Ganado sin una palabra!

George Müller advierte: No os desalentéis si tenéis que sufrir de parte de parientes inconversos. Tal vez muy pronto el Señor os dé el deseo de vuestros corazones y conteste a vuestras oraciones por ellos. Pero, mientras tanto, tratad de recomendar la verdad no reprochándolos por la conducta que tienen para con vosotros, sino manifestando para con ellos la mansedumbre, gentileza y benignidad del Señor Jesucristo.

El tema aquí parece cambiar al arreglo de las mujeres, pero en realidad el apóstol está tratando acerca de la mejor manera en que una esposa puede complacer y servir a su marido. No es tanto su apariencia externa lo que le influirá como su vida interior de santidad y sumisión. Hay varios tipos de atavío que se deben evitar:

1. Peinados ostentosos. Algunos piensan que esto excluye incluso las trenzas modestas. Es más probable que Pedro aquí esté hablando en contra del exceso de peinados amontonados con terrazas de trenzas, populares en la antigua Roma.
2. Adornos de oro. Algunos lo interpretan como una prohibición absoluta en contra de toda joya de oro. Otros lo ven como prohibiendo exhibiciones ostentosas y extravagantes.
3. Vestidos lujosos. Evidentemente, no es vestirse lo que se prohíbe, sino llevar vestidos ostentosos. Léase Isaías 3:16–25 para ver lo que Dios piensa acerca de todas las formas de adornos extravagantes.

En materia de vestimenta y joyas, hay normas generales que son de aplicación a todos los creyentes, hombres y mujeres. Un primer principio es el gasto. ¿Cuánto gastamos en vestimenta? ¿Es todo ello necesario? ¿Podríamos gastar el dinero de un modo más racional?

1 Timoteo 2:9 prohíbe los vestidos costosos: «no con… vestidos costosos». No se trata de si podemos costearlos o no. Es un pecado para un cristiano gastar dinero en ropa cara, porque la palabra de Dios lo prohíbe. La compasión también lo prohíbe. El desesperado apuro de nuestros prójimos en otras tierras, sus grandes necesidades espirituales y físicas, denuncia el encallecimiento de gastar el dinero en vestimenta de una manera innecesaria.



Esto se aplica no sólo a la calidad de la ropa que compramos, sino también a su cantidad. Los roperos de algunos cristianos parecen tiendas. A menudo, cuando salen de vacaciones, de una barra extendida por encima del asiento trasero del auto cuelgan cantidad de vestidos, faldas y trajes que rivaliza con las muestras de un vendedor. ¿Por qué actuamos así? ¿No es por orgullo? Nos gusta oír cumplidos por nuestro buen gusto, nuestra buena apariencia. El gasto involucrado en comprar vestidos es sólo un principio que debería guiarnos en su elección.

Otro principio es la modestia. Pablo dice: «con pudor y modestia». Un sentido de la palabra pudor es «decencia». Una de las funciones del vestido es ocultar la desnudez de la persona. Al menos, así era al principio. Pero en la actualidad el vestido parece diseñado para revelar áreas cada vez mayores de la anatomía. Y así el hombre se gloría en su vergüenza. No es sorprendente encontrar a hombres impíos actuando así, pero es más bien chocante cuando los cristianos los imitan.

Pero modesto también puede significar atractivo. Esto sugiere que los cristianos, hombres y mujeres, deberían vestirse de una manera agradable. No hay virtud en la dejadez, en el desorden. Oswald Chambers dijo que la dejadez es un insulto al Espíritu Santo. Las ropas del creyente deberían ser limpias, estar planchadas, en buen estado y a la medida.

Por lo general, el cristiano ha de evitar modas que atraigan la atención a él mismo. No es ésta su función en la vida. No está en la tierra como un adorno, sino como una rama fructífera de la Vid. Podemos atraer la atención sobre nosotros mismos de muchas maneras. Llevar ropas pasadas de moda surtirá este efecto. El cristiano debería también evitar vestir de una manera tan llana que esté fuera de lo común, o de una manera chillona o extravagante.

Finalmente, el cristiano —y aquí puede haber problemas especiales para el creyente joven— debería evitar vestirse de modo sugerente y provocativo. Ya nos hemos referido a modas «reveladoras». Pero hay ropas que pueden cubrir todo el cuerpo y seguir suscitando deseos impíos en otros. Las modas modernas no están diseñadas para animar a la espiritualidad. Al contrario, reflejan la obsesión sexual de nuestra época. El creyente no debería llevar ropas que inciten pasiones ni que hagan difícil para otros vivir una vida cristiana.

El gran problema, naturalmente, es la intensa presión social a la conformidad. Esto siempre ha sido y será. Los cristianos necesitan mucho vigor espiritual para resistirse a los extremos de la moda, para nadar contra la corriente de la opinión pública, y para vestirse de una manera apropiada para el evangelio.

Si hacemos de Cristo el Señor de nuestro ropero, todo irá bien.

La vestimenta que hace verdaderamente atractiva a una persona creyente es el ser interior de la persona. Los peinados de moda, las joyas costosas y los vestidos caros son perecederos. Al presentar este vívido contraste, Pedro nos reta a hacer una elección. F. B. Meyer observa: «Hay abundancia ahí cuyo cuerpo externo está ricamente adornado, pero cuyo ser interior está vestido de harapos, mientras que otros, con ropas gastadas y pobres, son gloriosos por dentro».



Los hombres consideran preciosas las joyas; Dios considera de gran valor la joya de un espíritu manso y apacible.

Las mujeres piadosas del AT se ataviaban cultivando la belleza moral y espiritual de la vida interior. Un aspecto de esta belleza era una sumisión bien dispuesta a sus maridos. Esas santas mujeres… esperaban en Dios. Vivían vidas centradas en Dios. Deseando agradarle en todo, reconocían Su orden en el hogar y estaban sometidas a sus maridos.

Sara es citada como ejemplo. Ella obedecía a Abraham, llamándole señor. Esto nos retrotrae a Génesis 18:12, donde leemos que Sara dijo esto «entre sí». No iba dando vueltas haciendo grandes proclamaciones de sumisión a Abraham llamándolo señor en público. Más bien, en su vida interior lo reconocía como su cabeza, y este reconocimiento se exhibía en sus acciones.


Esas mujeres que siguen el ejemplo de Sara son sus hijas. Las mujeres judías son descendientes de Sara por nacimiento natural. Pero para ser sus hijas en el mejor sentido han de imitar su carácter personal. Los hijos deberían mostrar el parecido de familia. Deberían hacer el bien y no temer ninguna amenaza. Esto significa que una mujer cristiana debería cumplir el papel que Dios le ha dado como obediente ayuda idónea, y no sentirse atemorizada incluso si ha de sufrir la conducta irrazonable de un marido incrédulo, excepto, claro, cuando se vuelva violento o haga peligrar su vida.

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Me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos - Jud 1:3 (RVR).
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